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Campaña en cuarentena: la política derrotada

Por Juan Manuel Ciucci y Abril García Mur

¿Viste el spot de Randazzo? ¿Y la respuesta de Berni? ¿Y las canciones de Moreno? ¿Y los falsos okupas o los emuladores del FIT? ¿Y las caminatas sin decir nada de Larreta y Vidal? ¿Y el jeringoso de Milei? Quizás cambie el orden o los personajes citados, pero las risas iniciales ante una de las campañas más bizarras que se recuerden, termina siempre en una desazón: están haciendo mierda a la política.

Ese relato colectivo que nos permitió construir una mayoría aplastante en las anteriores elecciones, que nos motivó para imaginar un país completamente distinto al que cuatro años de macrismo nos pretendió imponer, parece correr el riesgo de resquebrajarse. No el caso puntual de una fuerza, de nuestro frente, sino la política como espacio de la disidencia, de la apuesta por la construcción de otra hegemonía. Los rastros de la pandemia se sienten por todas partes, y ante el mundo inviable que nos mostró somos capaces de hacer, hay quienes pretenden seguir con las mismas viejas respuestas. 

Quizás entonces tan solo sea que se aproxima una nueva crisis para la representación política, y que asistimos a un cambio de paradigma del que aún no sabemos cuál será su propuesta o iniciativa. Vemos pistas en los feminismos populares y la diversidad sexual, aquella ola verde que parece estar en calma, pero que por debajo continúa azotando a la estructura patriarcal. O en los movimientos ambientales que hace tiempo ya anuncian posibles caminos para revertir lo que parece inevitable.

Las agendas de la juventud nos anuncian la urgencia de nuevos rumbos. Esa juventud que es catalogada de apática por no sentirse representada en el esquema partidario vislumbra el mundo que nos dejan quienes vinieron antes. ¿Ha perdido el interés político o partidario? La banalización de lo que les jóvenes esperamos de quienes nos representan a través de simulaciones “para convocar el voto de la juventud” indican la evidente distancia de las fuerzas partidarias con los reclamos latentes de este tiempo. Las dificultades de acceder a empleos de calidad, de tener una primera vivienda -como diría Ofe Fernández- de reformar vestigios patriarcales, de poder tener un mundo sustentable, son algunas de las claves para entender que nos pasa.

Pero las campañas optaron por la distancia, por ubicarnos entre series de Netflix, canciones pegadizas y memes. Ningún espacio pareciera haber hecho carne las demandas de un sector que discute su existencia misma, su futuro en un mundo del que se van desprendiendo pedazos.

Un simple pero contundente ejemplo: el Paraná muere lentamente, uno de los ríos más importantes de nuestro extremo sur sigue bajando. ¿Seguimos hablando de fotos y llamados de madres en cámara o nos empezamos a hacer cargo?

Las pantallas nos ofrecen una versión tan degradada del quehacer político en la publicidad de candidatos y candidatas, que tan sólo logran redundar en una idea muy alejada de sus peleas mediáticas y la realidad. Quizás la renovada aparición de Milei sea la expresión más acabada del sinsentido que puede alcanzar el discurso político: un candidato impresentable que de golpe cautiva con un discurso de odio hacia su propia función representativa. Se dice outsider e intenta con su jopo imitar al Trump “vencedor del establishment”, desde el establishment. Como un síntoma de época, a 20 años del 2001 la derecha liberal impulsa el “que se vayan todos” con banderas “libertarias”.

La excepción, cuando no, es Cristina. Con sus apariciones, hoy necesariamente mediatizadas por la falta de actos públicos, vuelve siempre a levantar la vara y nos permite repensar esta chatez que transitamos. Será quizás porque transita ya un tiempo de leyenda, donde su palabra alcanza a todo el escenario político y social, que se ve impactado por ella y se siente en la obligación de tomar partido ante lo que diga. Así, por ejemplo, una audiencia judicial se convierte en la escena más vista por una sociedad cada vez más adicta a las pantallas. Del mismo tono son las intervenciones de lo que sería su herencia política, con Máximo y Axel a la cabeza, quienes se resisten a la espectacularización de la política y siguen una apuesta de militancia y coherencia. Fue la misma Cristina la que en más de una ocasión alertó sobre los riesgos de una acción política tan de poca monta como la que transita esta campaña, capaz de fagocitar su propia existencia, y volcar a la sociedad en su contra como ocurriera 20 diciembres atrás.

Si de tanta desazón debemos sacar una voluntad transformadora, elegimos creer que será una superación de este escenario cortoplacista en que estamos chapoteando, impulsados por un estado de situación que no parece ya dar para más. Deberemos entonces encontrar nuevos caminos, construirlos, inventarlos. El futuro está en riesgo, y ese debe ser sin dudas el impulso vital que nos permita transformarlo todo. Las dificultades del presente y del futuro serán las fuerzas que nos obliguen a triunfar por sobre esta derrota que transitamos, y que pretenden imponernos como norma.          

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Abril García Mur

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