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Menem canonizado: reivindicar la traición

El hombre que con su acción política casi logra lo que ni la Fusiladora pudo, destruir al peronismo, hoy es celebrado como “gran compañero” y se tiene el tupé de contextualizarlo como estrategia de perdón. El tipo que indultó a los genocidas, que encubrió los atentados terroristas contra la Embajada de Israel y la Amia, que permitió se volara el Arsenal de Río Tercero para ocultar las pruebas del tráfico ilegal de armas que realizó ante un conflicto menor entre países hermanos. Quizás sean estás las peores de la larga lista de atrocidades que el menemismo nos dejó, y que sin embargo hoy algunos entienden posible reivindicar al calificarlo como “hombre de Estado”.

Por Juan Manuel Ciucci

“Éste era de los tuyos”, me comenta socarrón, al ver mis publicaciones que intentan elegir a quienes recuerdan al ex Presidente Menem por lo que realmente fue: el ejecutor de una de las políticas más entreguistas de las que tengamos memoria. Todo aquello que deseamos desde el ideario peronista enfrentar, lo representa quien asumió con palabras del retorno populista y no hizo más que traicionarlas a cada paso que daba. Me recuerdo aún como un niño de 9 años que miraba la pantalla de TV y sentía una alegre esperanza ante ése patilludo que desfilaba por las calles porteñas rumbo a su asunción, o que jugaba un partidito de fútbol con el Diego, algo sumamente inusual e inesperado. Tras la debacle alfonsinista, era una esperanza viva esta reaparición peronista.

Después vendría lo que vendría: aquellos dos primeros años entre los aprietes del mercado, la inflación galopante, un ministro de economía muerto en su bañera, y la aparición de Cavallo con plan aprobado por Washington y neoliberalismo para todo el mundo. La destrucción del aparato productivo nacional como meta, la irrealidad del capital multiplicado por el uno a uno que permitía viajes mundiales y timba financiera, la frivolidad como estandarte y la miseria planificada como legado cultural de los ’90. Allí muchos creímos que el peronismo se moría, que ya no habría forma de que aquél movimiento popular pudiera recuperar ésas banderas históricas, sino que más bien encontraría alguna otra envoltura que le permitiera continuar su destino transformador. Hoy sabemos que aquello no ocurriría, y que sería desde dentro del monstruo desde donde vendría la verdadera renovación, que con Néstor y Cristina nos brindaría la oportunidad de vivir plenamente un Peronismo Siglo XXI.

Verlo vegetar en el Senado era una ofensa para la memoria de quienes vivieron y cayeron enfrentándolo, como Teresa Rodríguez o Norma Plá. Era un insulto a nuestra memoria combativa, a los deberes de la democracia, al sentir popular. Sin embargo, ahora ante su muerte, tuvimos que enfrentarnos a otra afrenta aún más dolorosa: la “canonización” del “compañero Menem”. Una reivindicación tan irreal que tuvo que recuperar su prisión durante la dictadura para intentar sostener desde algún lugar aquella palabra blasfema que intentaba justificarlo. Y todo ante la peor de las excusas: su pertenencia peronista. El hombre que con su acción política casi logra lo que ni la Fusiladora pudo, destruir al peronismo, hoy es celebrado como “gran compañero” y se tiene el tupé de contextualizarlo como estrategia de perdón. El tipo que indultó a los genocidas, que encubrió los atentados terroristas contra la Embajada de Israel y la Amia, que permitió se volara el Arsenal de Río Tercero para ocultar las pruebas del tráfico ilegal de armas que realizó ante un conflicto menor entre países hermanos. Quizás sean estás las peores de la larga lista de atrocidades que el menemismo nos dejó, y que sin embargo hoy algunos entienden posible reivindicar al calificarlo como “hombre de Estado”.

Pero no es casual ni es un accidente: se trata de la vieja disputa que dentro del movimiento también atravesamos, donde los sectores reaccionarios intentan siempre constituir al peronismo como el partido del sistema, especie de PRI vernáculo como émulo de su par mexicano, con el que tanto les gusta compararnos. Parte de la fascinación por ser el “único partido que puede gobernar la Argentina”, festejo entre burocrático y patoteril, que no se sostiene desde el apoyo de las masas sino desde la reivindicación de la rosca política y el aparato. Patética expresión del devenir de la política de espaldas al Pueblo, aquella que casi ve su ruina en las jornadas de Diciembre del 2001 (clara expresión antimenemista si las hubo, aunque el títere de turno fuera radical) y que sin embargo pudo resurgir de sus cenizas. Y en una de las páginas más trágicas de nuestra historia (por no decir farsescas, siguiendo a Marx y el devenir de la repetición de la historia) lo encuentró ganador a Menem de la primera vuelta presidencial del 2003. Cuántos de los que ahora lo extrañan hubieran deseado su vuelta, en lugar del hermoso quilombo que Néstor inauguró aquél 25 de marzo del mismo año. Para ellos el olvido y el perdón eran la consigna, y tuvieron que fumarse la reivindicación del pasado revolucionario, la reapertura de los juicios, la unidad americana con un Chávez socialista, y tantas otras cosas más.

Por eso hoy nos duelen las reivindicaciones que se excusan en el peronismo para recordar como estadista a quien fue un traidor de sus principios básicos de justicia social, independencia económica y soberanía política. Porque quienes supimos abrazar al peronismo desde la memoria de nuestros mártires no podemos permitir que se siga jugando con el presente y el futuro de este movimiento de transformación y liberación. Porque no se trata de desconocer los saludos protocolares, ni de festejar muertes ajenas. Se trata de no claudicar de nuestros ideales, de no olvidar el agravio, de no perdonar las traiciones. Ése peronismo ortodoxo que siempre está dispuesto a darnos cátedras de política, es el mismo que puede votar en contra de un proyecto del Ejecutivo siendo PRESIDENTE DEL BLOQUE OFICIALISTA (y sí, da para mayúsculas el accionar de Mayans en su apoyo al aborto clandestino) o hablar bien del Menem muerto como hace ahora el inefable Moreno. Son quienes nunca pudieron cantar a voz en cuello el famoso pasaje de la marchita, que sigue siendo tan urticante para las clases dominantes en nuestra patria: “combatiendo al Capital”. Esos, “sus compañeros” como diría Cristina, son los eternos quintacolumnistas que intentan impedir o retardar el mundo por venir. Hoy los volvimos a ver sin sus máscaras populistas, cómo así también nos reconocimos nosotres una vez más, en aquella renovada tradición de lo que deseamos ser e intentamos construir como peronistas. No cuenten con nosotres para estos falsos homenajes, la memoria del Pueblo ya ha dado su veredicto. 

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