Pier Paolo Pasolini / Francisco “Paco” Urondo: muerte pública de un poeta

Cultura Destacados

En este 2020 se cumplieron 45 años del asesinato aun irresuelto del genial artista italiano Pier Paolo Pasolini en la playa de Ostia, a tan sólo 30 kilómetros de Roma. Espacio público que recuerda la muerte de Francisco Urondo, asesinado por las fuerzas represivas en calles mendocinas. En esta nota recordamos a estos poetas combatientes y revolucionarios, como una clave para indagar en el espíritu de una época, y más precisamente, en sus zonas más brillantes y oscuras. “Dos de los mayores talentos de su generación perdidos para siempre, víctimas de la ferocidad fascista que intentó conquistar y destruir lo que ellos representaban. Imágenes de una cultura fragmentada ante la imposición de las lógicas neoliberales que volverían una mercancía de culto a sus nombres y a sus obras, doble posibilidad de una exhibición/ocultamiento de las mismas. Recuperar pues a Pasolini y Urondo es una tarea que busca encontrar los vasos comunicantes de las experiencias políticas, culturales y sociales que atravesaron el período, y que nos permiten repensar nuestro presente. Que nos ubican dentro de una tradición y de un legado que buscamos vivificar, desde sus obras, pero también desde sus vidas. Y en nuestro caso, desde sus muertes, no para volcarnos sobre una pasión necrófila, ni porque sea desde allí que hegemónicamente se los recuerda. Sino justamente porque ante tanta obra y vida por ellos aparecida, vale la pena recordar el sacrificio que ambos asumieron, en una era donde la muerte asolaba a sus pueblos. En un tiempo donde las luchas revolucionarias buscaban el nuevo ser y el nuevo mundo, el mismo que hoy seguimos batallando por construir, por encontrar”.    

    

Por Juan Manuel Ciucci  

Fueron dos de los más importantes poetas de su tiempo, en una era en la que la poesía aún batallaba en los límites entre la cultura popular y los círculos de las élites, ellos rompieron barreras y alcanzaron una popularidad inusitada. Artistas humanistas, en los términos en que Eduardo Grüner lo indica, abrazaron casi todas las expresiones del arte, sintiendo que con su voz podían aún escapar a las clasificaciones que la división social del trabajo nos impuso. Así, sus biografías parecen siempre dispuestas al redescubrimiento, punto del reencuentro con facetas poco trabajadas previamente, permitiendo la aparición de un aporte que hasta hoy habíamos ignorado.

Sus vidas tuvieron los cruces que el tiempo y las distancias hicieron posibles. La fecha puntual sería a principios de 1973, cuando Paco cayera preso en la Argentina y Pier Paolo formara parte del comité de solidaridad que se conformó en París pidiendo su liberación. Fueron numerosas las personalidades internacionales que se plegaron al pedido, y que permitieron visibilizar en todo el planeta los atropellos que se cometían en la Argentina. Quizás sea ése el único dato certero de un cruce en vida de ambos, a pesar de los recorridos que por el mundo dieron por esos años. Urondo en las vueltas que le imponía el viaje a Cuba (que seguía siendo algo prohibido desde la Argentina) o en las visitas al viejo mundo para conocer sus raíces y visitar amigos como Julio Cortázar; Pasolini en las recorridas por el Tercer Mundo que tanto le interesaba indagar como superación arcaica de la modernidad capitalista. Nombres cruzados en una solicitada, conde cualquiera de los dos podía ser el detenido, y cualquiera el firmante que exige la libertad

Sin embargo, es en sus muertes donde podemos encontrar una unidad conceptual que nos permite indagar en el espíritu de una época, y más precisamente, en sus zonas más brillantes y oscuras. Ambos, poetas combatientes y revolucionarios, mueren en la vía pública, a la vista de todos y de casi nadie. Escena desgarradora, de dos vidas extinguidas en medio de la violencia, un ataque perpetrado lejos del cuidado y la clandestinidad, visibles y al mismo tiempo ocultas ante quienes prefieren no ver. Dos de los mayores talentos de su generación perdidos para siempre, víctimas de la ferocidad fascista que intentó conquistar y destruir lo que ellos representaban. Imágenes de una cultura fragmentada ante la imposición de las lógicas neoliberales que volverían una mercancía de culto a sus nombres y a sus obras, doble posibilidad de una exhibición/ocultamiento de las mismas. Se consolida así una construcción que logra sostenerse desde las reglas del mercado, obras consideradas tan sólo como mercancías, que muy pronto consolidarían su hegemonía. 

Recuperar pues a Pasolini y Urondo es una tarea que busca encontrar los vasos comunicantes de las experiencias políticas, culturales y sociales que atravesaron el período, y que nos permiten repensar nuestro presente. Que nos ubican dentro de una tradición y de un legado que buscamos vivificar, desde sus obras, pero también desde sus vidas. Y en nuestro caso, desde sus muertes, no para volcarnos sobre una pasión necrófila, ni porque sea desde allí que hegemónicamente se los recuerda. Sino justamente porque ante tanta obra y vida por ellos aparecida, vale la pena recordar el sacrificio que ambos asumieron, en una era donde la muerte asolaba a sus pueblos. En un tiempo donde las luchas revolucionarias buscaban el nuevo ser y el nuevo mundo, el mismo que hoy seguimos batallando por construir, por encontrar.      

Todos estamos en peligro

El 2 de noviembre de 1975 sería encontrado el cuerpo sin vida de Pier Paolo Pasolini en la playa de Ostia, a 30 kilómetros de la capital italiana. Su Roma amada y odiada, a la que tan bien había descripto desde sus bajos fondos y sus clases populares. Los modos en los que fue construyéndose el relato de su asesinato fueron cubriendo de dudas aquella circunstancia. Una muerte pública, que exponía ante la sociedad los diversos cauces que la violencia política y social transitaban, tenía por destinatario a uno de los artistas e intelectuales más importantes del Siglo XX.

Bien pronto se puso sobre la historia la vida personal del asesinado, con características y datos que intentaban cargar la culpa sobre la víctima, a fin de imponer un sentido común en el cual Pasolini buscaba su propia muerte. Sería el representante máximo de la Democracia Cristiana, Giulio Andreotti, quien lo expresaría sin tapujos: “andava crecandosi dei guai” (“estaba buscándose líos”). Así, la versión oficial se sostendría sobre la historia del encuentro con Giuseppe Pelosi, quien tenía dieciséis años y era presentado como un “ragazzo di vita” conocido en el lumpen romano como Pino la Rana. El joven que cometía pequeños hurtos y vendía su cuerpo en las murallas aurelianas, sería recogido la noche del 1 de noviembre de 1975 por Pasolini, a bordo de su Alfa Romeo plateado.

Pelosi en su primera declaración, ante el tribunal que lo juzgaba, indicó que ya en Ostia rechazó los avances sexuales que le hiciera el director de cine, y que al salir del vehículo fue atacado por éste con un bastón. En defensa propia, le devolvió los golpes hasta dejarlo tirado en la arena. Luego, se habría subido al Alfa Romeo de Pasolini para abandonar la escena, con tanta prisa que sin darse cuenta lo habría atropellado en medio de su escape. En una entrevista televisiva en 2005, en cambio, Pelosi indicó que con Pasolini llegaron a tener un encuentro sexual en el vehículo, tras lo cual salió para orinar y entonces aparecieron tres desconocidos que entre insultos propinaron una feroz paliza a Pier Paolo, no sin antes amenazar al joven Pelosi con matar a su familia si contaba lo ocurrido. Éste, en su huida, habría pasado también accidentalmente por sobre el cuerpo del agredido.

Cabe recordar que el Tribunal Supremo que lo juzgaba lo condenó a nueve años y dos meses de prisión, pero que al cabo de cuatro años lograría la libertad condicional. La autopsia diría que Pasolini fue atropellado en múltiples ocasiones por su propio coche, provocándole múltiples fracturas óseas y el entorpecimiento de sus órganos vitales. Sufrió además un ataque a su zona genital, completamente destruida a golpes con una barra de metal, y su cuerpo había sido quemado mientras aún se encontraba con vida. La atrocidad sobre el cuerpo es otra de las marcas indelebles del fascismo, tal como el propio Pier Paolo lo demostrara en su última película, estrenada luego de su muerte: Saló

Esa muerte tan pública tuvo claro numerosas versiones que se multiplican: que había sido asesinado por tres hombres que durante el ataque lo llamaron “sucio comunista” (versión que coincide en parte con lo relatado mucho después de su muerte por Pelosi), que Pasolini fue asesinado después de un encuentro con extorsionadores que buscaban dinero a cambio de rollos de la película Saló, robados durante el proceso de edición del filme. La persecución sobre su producción encontraría en esta obra póstuma la mayor de las imposibilidades: nacida como una abjuración, desde cada plano y desde cada historia allí retratada socava de tal modo los fundamentos de la sociedad italiana y occidental, que sigue siendo hoy día el sinónimo de una obra imposible, aberrante, refractaria. De consumo imposible para quienes degustaban los cuerpos placenteros en sus anteriores películas, con Saló Pasolini logra imponerse a la censura, volviéndola inútil.    

Por su parte, la periodista Oriana Fallaci y la actriz Laura Betti nunca creyeron en la versión oficial, y siempre aseguraron que los verdaderos autores del crimen seguían en libertad. Sostuvieron que las motivaciones eran políticas, acusando de manera más o menos directa a grupos fascistas. A pesar del descubrimiento de muestras de ADN de varios individuos en el cadáver, que apoyaba la posibilidad de que en su muerte hubieran intervenido otras personas, una investigación sobre el caso se cerró definitivamente en 2015 sin que se identificasen nuevos culpables.

El poeta nacido en Bolonia el 5 de marzo de 1922 había representado durante toda su carrera una aguda crítica a los círculos ultraderechistas y conservadores de su país. Era piedra del escándalo, tanto por su apuesta a la diversidad y su poco apego a las normas y morales burguesas, como por sus críticas a los anquilosados partidos de izquierda y a los infantilismos de los nuevos revolucionarios.

Aquella Italia que transitaba los llamados “años de plomo” se comenzaba a acostumbrar de un modo horroroso a la muerte. Apenas un mes antes del asesinato de Pasolini, en septiembre de 1975 se produjo la llamada Masacre de Circeo, a 100 kilómetros de Roma: tres jóvenes de extracción burguesa e ideología fascista secuestraron y violaron a dos muchachas de familias populares. Una de ellas, Rosaria López, murió como consecuencia de las torturas y la otra joven, Donatella Colasanti, resultó herida de gravedad. Unos meses antes, en junio del ´75 un militante de Lotta Continua de 22 años, Alceste Campanile, fue asesinado por un ultraderechista en Reggio Emilia; la semana anterior Margherita Cagol, dirigente de las Brigadas Rojas, perdió la vida a causa de los disparos de la policía. En abril del mismo año un estudiante antifascista de 17 años, Claudio Varalli, fue liquidado a tiros por un grupo neofascista tras una manifestación en Milán; al día siguiente, en la misma ciudad, un vehículo de los carabinieri atropella y mata a otro militante de izquierdas, Giannino Zibecchi. Como indica la investigadora Salomé Guadalupe Ingelmo, “en los estrenos de las películas de Pasolini se había hecho habitual la presencia de grupos neofascistas que procuraban boicotear y atemorizar a los asistentes: el estreno de Accattone en 1960, el de Mamma Roma en 1962, el de El Evangelio según Mateo en 1964…”.

Son tiempos que se nos presentan sin embargo borrados de su contexto, como un pasado remoto ante el cual nadie parece querer responsabilizarse. Muertes que se amontonan, parte del costo que hay que pagar por el tránsito de una Italia atrasada hacia su modélica normalidad. El triunfo de occidente ante la caída cada vez más contrastable del “socialismo real” y de las opciones revolucionarias europeas.   

Un día antes de su muerte, Pasolini le brinda una entrevista a Furio Colombo, que sería publicada en el suplemento  “Tuttolibri” del periódico La Stampa el 8 de noviembre de 1975. Allí algunas definiciones de Pier Paolo resultarían proféticas, pero basadas más en un tono descriptivo de aquella realidad que habitaba, que desde las verdades que pudiera brindarle algún oráculo romano. “Quiero decir con toda franqueza: yo bajo al infierno y sé cosas que no molestan la paz de otros. Pero presten atención. El infierno está subiendo también entre ustedes. Es verdad que sueña con su uniforme y su justificación (a veces). Pero es también verdad que sus ganas, su necesidad de golpear con la barra de hierro, de agredir, de matar, es fuerte y es general. No será por mucho tiempo la experiencia privada y peligrosa de quien, cómo decirlo, ha tocado «la vida violenta». No se hagan ilusiones. Y ustedes, con la escuela, la televisión, lo pacato de sus periódicos, ustedes son los grandes conservadores de este orden horrendo basado en la idea de poseer y en la idea de destruir. Dichosos ustedes que se quedan tan felices cuando pueden poner sobre un crimen su buena etiqueta. A mí esta me parece otra de las muchas operaciones de la cultura de masa. Como no podemos impedir que pasen ciertas cosas, nos tranquilizamos encasillándolas”.

Las preguntas finales, dejan traslucir la preocupación del periodista, y la necesidad de una salida que parece serle esquiva al poeta. Parte de una vida que se entrega a la existencia, que busca en ese vivir real una manera de encontrar, construir, otra vida.

–¿Por qué piensas que para ti ciertas cosas están tan más claras?

–No quisiera hablar más de mí, quizás he hablado, dicho incluso demasiado. Todos saben que yo mis experiencias las pago personalmente. Pero están también mis libros y mis películas. Quizás soy yo quien se equivoca. Pero sigo diciendo que estamos todos en peligro.

–Pasolini, si ves la vida así – no sé si aceptarás esta pregunta-: ¿cómo piensas evitar el peligro y el riesgo? (Se ha hecho tarde, Pasolini no ha encendido la luz y se hace difícil tomar apuntes. Miramos juntos los míos. Luego me pide que le deje las preguntas).

 –Hay puntos que me parecen demasiado absolutos. Deja que lo piense, que los relea. Y dame tiempo para encontrar una conclusión. Tengo una cosa en mente para responder a tu pregunta. Para mí es más fácil escribir que hablar. Te dejo las notas que añada mañana por la mañana».

Al día siguiente, domingo, el cuerpo sin vida de Pier Paolo Pasolini estaba en el tanatorio de la policía de Roma.

Parte de una búsqueda, parte casi de una esperanza rota, modos del buscar en medio de una sociedad que ya parece no tener nada para él. Dirá en Análisis tardío (Fin de los años sesenta)

Sé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa;
que todo aquello que toco ya lo he tocado;
que soy prisionero de un interés indecente;
que cada convalecencia es una recaída;
que las aguas están estancadas y todo tiene sabor a viejo;
que también el humorismo forma parte del bloque inamovible;
que no hago otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo;
que no intento todavía reconocer quién soy;
que he perdido hasta la antigua paciencia de orfebre;
que la vejez hace resaltar por impaciencia sólo las miserias;
que no saldré nunca de aquí por más que sonría;
que doy vueltas de un lado a otro por la tierra como una bestia enjaulada;
que de tantas cuerdas que tengo he terminado por tirar de una sola;
que me gusta embarrarme porque el barro es materia pobre y por lo tanto pura;
que adoro la luz sólo si no ofrece esperanza.

Prefiero seguir viviendo

Poeta, novelista, dramaturgo, ensayista, titiritero, periodista y guionista cinematográfico, fue director tanto Provincial de Cultura de Santa Fe, como de Arte Contemporáneo de la Universidad Nacional del Litoral y del Departamento de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Sin embrago, Francisco “Paco” Urondo no registra el mismo crédito internacional que su par italiano. La larga noche que buscó silenciar su legado, ha terminado hace algunos años en la Argentina, con homenajes y reediciones de su obra, como así también en el resto del mundo, donde Cuba con sus ediciones populares siempre lo recordó.

Su muerte tiene el mismo sabor trágico que la de Pier Paolo, y encontró también desde aquel 17 de junio de 1976 múltiples versiones. En aquel día Paco se encontraba manejando un Renault 6 por las calles céntricas de Mendoza, capital de la provincia que lleva el mismo nombre en la precordillera andina de la Argentina. Estaba allí desde mayo del 76, cuando viajó para hacerse cargo de la regional Cuyo de la organización político-militar Montoneros. Urondo había comenzado a militar en 1970 en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, expresión del peronismo combativo de izquierda, que buscaba una hermandad conceptual y combativa entre los marxismos y los peronismos. Se fusionaría en 1973 ante las elecciones que llevarían al peronismo al poder con Montoneros, expresión del peronismo combativo, con fuertes componentes del catolicismo y de la tradición peronista. Dentro de esta nueva unidad quedaría Paco militando y asumiendo roles de organización, que lo llevarían a exponerse más de lo debido. Su viaje a aquella ciudad del interior argentino resultaba muy problemático, y surgía como castigo interno por una “inconducta”: estando en pareja, se enamoró de otra compañera y tuvo una hija con ella. Esta moral revolucionaria tenía, se ve, muchos puntos de contacto con la misma moral burguesa con la cual se combatía. Separado, viaja con su nueva familia a su nuevo destino, donde ya era conocido por haber vivido allí un tiempo atrás.     

Esa tarde recorrían la ciudad en medio de una cita de control, que era la manera que había encontrado la dirección montonera para sostener la estructura y el control de la militancia durante la dictadura, pero que demostraría ser uno de los mayores errores al comenzar la feroz represión. Ésta cita, como tantas otras durante aquellos primeros años, estaba “cantada” y Paco reconocería el cerco policial que intentaba capturarlos. Huirían entonces con el Renault en una persecución automovilística que incluiría el intercambio de disparos, y que terminaría al chocar contra un Rastrojero (vieja camioneta de fabricación nacional) que los dejó ya sin chances de escapatoria en medio de una esquina céntrica. Allí Paco le diría a quien era su compañera (Alicia Raboy, que llevaba a la hija de ambos en sus brazos) y a otra compañera que se había sumado a la cita, que había ingerido la pastilla de cianuro que los militantes montoneros llevaban para evitar caer en manos de los militares genocidas. Era una manera de protegerse, de intentar librarse de las manos torturadoras que no tuvieron ningún tipo de límite para el horror. Paco las incitó a escapar. Luego de la efímera, pero imborrable despedida, Alicia correría unos metros, intentaría dejar a su hija al cuidado de unos vecinos, y sería capturada sin poder escapar. Hasta el día de hoy continúa desaparecida, y su hija pudo ser recuperada por el accionar rápido de la familia, pero no conocería su real identidad hasta los 20 años, cuando se rompió el silencio temeroso de los familiares que estaban a cargo de su cuidado. Sabemos estos datos por la compañera que sí logró huir, malherida, y sobrevivir a aquella dictadura genocida: Renée “Turca” Ahualli.       

Ella no pudo ver cómo murió Paco, y por eso quedó durante mucho tiempo esa versión. Los juicios que en la Argentina condenaron aquel accionar de la dictadura cívico-eclesiástico-militar que destrozó al país entre 1976 y 1983, determinaron en 2011 que Urondo no había ingerido cianuro, y que su muerte se debía al estallido de cráneo provocado por un culatazo de fusil que le propinó el policía Celustiano Lucero. Ese año varios policías fueron condenados por su muerte y la de otras 23 personas, donde las penas máximas recayeron en el ex comisario inspector Juan Agustín Oyarzábal, el ex oficial inspector Eduardo Smahá Borzuk, el exsubcomisario Alberto Rodríguez Vázquez y el exsargento Celustiano Lucero.

Durante muchos años también su vida personal había sido utilizada como un intento para inculparlo, para quitarle en la muerte parte de su vida. Aquella historia de la pastilla, sin embargo, logró con el tiempo posicionarlo en una escena completamente distinta, en donde tomó toda su significación tanto sacrificio y entrega. Fue una mentira que buscó darles tiempo en la huida, y es así como logró a Renée salvarle la vida, y permitió que su hija no sea una de las 300 nietas y nietos de quienes aún hoy desconocemos su identidad.

Como parte de la tragedia argentina, su muerte pública también fue acallada. Llegaría por relatos a cercanos y amigos, como confirmaciones de quienes iban cayendo a lo largo del territorio argentino. Años después contaría Miguel Bonasso, periodista y dirigente montonero: “La noticia de su muerte me llegó abruptamente, al abrir una puerta. Detrás de esa puerta estaba María Victoria Walsh. “Vicky”, la Cabezona Walsh, la hija de Rodolfo. Ella tan dura. Ella que combatió pocos meses después contra un cerco increíble del ejército, con helicópteros y artillería. Ella que se reía al disparar la Uzi. Ella que se pegó un balazo para que no la agarrasen viva. Ella venía llorando. “Lo mataron a Ortiz”, dijo. Ortiz era el último nombre de guerra de Paco. En homenaje al gran poeta de la Mesopotamia argentina. A ese solitario e inquietante Juan L. Ortiz”. Relatos con mitos y leyendas, con la poesía presente hasta el final, en la figura de ése Ortiz transfigurado, Urondo llevando como nombre de guerra el de aquel poeta al que había ayudado desde la crítica y el periodismo a rescatar del olvido. 

Dice María Moreno en su libro dedicado a Rodolfo Walsh Oración, carta a Vicki y otras elegías políticas: “El dar la vida de los que habían dado vida no se pensaba al principio en términos sacrificiales, sino en la certeza de que no se llegaría a ver la revolución realizada con los propios ojos (la ética de sacrifico fue menos una mística a seguir que una enunciación frente a hechos consumados)”. Volveremos sobre este punto, el del sacrificio, entendiéndolo también no como impulso de muerte, sino como única posibilidad ante esta vida.     

Los relatos periodísticos llegaron hasta el oprobio en diarios cómplices de la dictadura: “Abatieron en Mendoza a un delincuente subversivo” . Y como si fuera poco, llegarían a la máxima infamia: “usó como escudo a un niño”. En esta sociedad que se acostumbró a las muertes, que llegará a vivir la desaparición de 30.000 compañeras y compañeros; el poeta en la calle, asesinado a golpes de armas en una esquina céntrica de la Ciudad de Mendoza, le muestra en toda su amplitud el horror del que ella misma es capaz.       

La “Turca”, que huye en un colectivo que pasa por la zona, ve a Paco ya muerto en plena calle. Su cuerpo terminaría en la morgue, de donde lo rescataría su hermana Beatriz, quien lo llevó para enterrarlo en el cementerio de Merlo, Provincia de Buenos Aires. Sería en la bóveda familiar, pero sin que apareciera su nombre, y sin despedidas públicas. Llevado hasta allí en silencio, enterrando el cuerpo del poeta casi a escondidas, como pidiendo disculpas por su apuesta, por su vida. Escribió Rodolfo Walsh ante su muerte: “Me han pedido que escriba una semblanza tuya. Es lo último que yo hubiera querido escribir, pero me doy cuenta que es necesario que alguien empiece a decir algo de tu hermosa vida, antes que otros, con más capacidad, puedan estudiarla junto a tu obra”. Ese puntapié sigue siendo hoy día una invitación, una manera más de recordarlo, de llevarlo a aquellos parajes donde Paco fue feliz. Como puede serlo en esta oportunidad Cuba, desde donde nos ve en fotos en un lejano 1967 tomando algo en la Bodeguita del Medio o jugando un picado futbolístico en sus playas caribeñas.

Aquel amor por la vida lo llevaría a la entrega de la misma, a la búsqueda de una mejor para todas y todos. Como diría en La Pura verdad, poema incluido en su libro Del otro lado 1960-1965: 

Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.

Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:

siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.

Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor
y miedo y apremio.

Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.

Me avergüenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,

un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.

Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin
darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a
cualquiera o aburrir de golpe.

Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi
memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.

El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algún día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la
Cenicienta, aunque algunos

me recuerden con cariño o descubran mi zapatito
y también vayan muriendo.

No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.

La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.

Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:

sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.

Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no
sirve y se corrompe.

Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.

Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida

Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.

Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme

Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.

La muerte del poeta

Paco nació en Santa Fe el 10 de enero de 1930, y era por tanto con Pier Paolo parte de la misma generación intelectual, que tras el final de las guerras abiertas imperialistas, enfocarían su atención en el Tercer Mundo. Podría pensarse que en Paco, por ser argentino, esta opción sería casi natural. Sin embargo, reflejaba el creciente interés de las y los intelectuales de Suramérica por la realidad y la historia de sus pueblos y de su tierra. Lejos ya de la admiración servil que las generaciones que les precedieron habían guardado hacia Europa, y en especial para con Francia en el caso argentino.

Pasolini buscaba, por su parte, una verdad revolucionaria en el mundo antiguo, pretérito al capitalismo, como aún podían serlo las tierras del Tercer Mundo. Ese no esperar nada ya de Europa, que anunciara Fanon y tradujera Sartre, los hermanaba. Pero esa atención no quedaba tan sólo en el plano de la narración de lo que otros hacían, sino que los volcaba a la participación activa en el desarrollo de aquella verdad. Incluso, en el caso de Pasolini, en la búsqueda de los restos que por los márgenes de la Europa aún podían ser hallados, y que podían por lo tanto subvertir el orden ancestral que asfixiaba al continente.

El atrevimiento de ambos, su apuesta a saltar por sobre los decorados de las instituciones políticas y culturales que normativizan nuestras decisiones, los expuso al vacío y el horror de que son capaces las sociedades del occidente civilizatorio. Un sacrificio que se aleja de su posible faceta suicida, que se articula en la exposición de aquello que se busca ocultar, casi una escena de lo que sabemos pero nunca queremos volver a ver. Nanni Moretti en su Caro Diario de 1993, recuerda a Pasolini y se pregunta por qué nunca fue al sitio donde el poeta fue asesinado. Entonces se suceden un gran viaje en su motocicleta hasta la lejana playa, una postal del vacío que vemos hoy en aquellas zonas, y una placa recordatoria olvidada y casi tapada por la pequeña vegetación costera. En Mendoza, recién en estos últimos años comenzó a señalizarse la esquina en la que cayó combatiendo Paco, y un mural lo recuerda y rescata.

Esa localización de la tragedia nos permite vivenciar la dimensión pública de aquellas muertes, que la publicidad periodística volcaría como amenazas, como finales posibles para todo aquel que fuera un descarriado. Volviendo a Rodolfo Walsh y su despedida del amigo, son palabras que parece decirse también a sí mismo, y a aquella muerte que lo esperaba un 25 de marzo de 1977 en la céntrica esquina porteña de Entre Ríos y San Juan, en la Ciudad de Buenos Aires. “El problema para un tipo como vos y un tiempo como éste, es que cuando más hondo se mira y más callado se escucha, más se empieza a percibir el sufrimiento de la gente, la miseria, la injusticia, la crueldad de los verdugos. Entonces ya no basta con mirar, ya no basta con escuchar, ya no alcanza con escribir”.

Ante tantas muertes desconocidas, ellos asumieron el riesgo de una vida transitada por las violencias, escapando de las seguridades que el prestigio podía depararles. Fueron parte de sus pueblos, y sufrieron con ellos la suerte que les tocó en décadas tan sangrientas. “Pudiste irte. En París, en Madrid, en Roma, en Praga, en la Habana, tenías amigos, lectores, traductores. Podías sentarte a ver desfilar en tu memoria el ancho río de tu vida, la vida de los tuyos, volcarlos en páginas cada vez más justas, cada vez más sabias. Con el tiempo quién lo duda, habrías figurado entre esos grandes escritores que eran tus amigos, tu nombre asociado al nombre de tu país, pedirían tu opinión sobre los problemas que agitan al mundo. Preferiste quedarte, despojarte, igualarte a los que tenían menos, a los que no tenían nada”. Le dice Walsh a Paco, y diciéndolo, se lo dice a sí mismo, y a toda una generación. 

“Digo que Francisco Urondo murió hermoso, resguardando hasta el final a las mujeres que amaba, a los compañeros con quienes luchaba y a los sueños que soñó y que siempre supo eran más que una ilusión, eran plena materialidad social que no deja de construirse, aunque sean agónicos los retrocesos y se tiña el horizonte de sangre”

Vicente Zito Lema, Francisco Urondo, la poesía puede más que la muerte

Deja un comentario