Néstor Vive: las despedidas son esos dolores dulces

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Por Juan Manuel Ciucci

Foto: Sub Cooperativa de Fotógrafos

El día empezó muy temprano, con los preparativos para la visita al Bajo Flores que me tocaba por el Censo. Ya tenía memorizadas la ubicación, las preguntas a hacer, las posibles dificultades, los casos ambiguos… Ya en el arranque noté el modo en que sería recibido en el barrio: para muches, era la primera vez que alguien se interesaba por elles, que les preguntaba de sus vidas, que llegaba en nombre del Estado. Era una sensación de profunda responsabilidad, pero también de dolor, sintiendo que por más que estuviéramos avanzando, siempre parece que para muches vamos a faltar. 

De pronto, frente a una señora con quien charlaba simpáticamente en la puerta de su casilla, me sonó el teléfono. “Disculpe, tengo que atender”, le dije al ver que era mi vieja quien llamaba: preocupado ante alguna problemática familiar, interrumpí la charla. “Se murió Kirchner”, me dijo, casi de un sopetón. Yo no entendía nada, llegué a preguntar si hablaba de Néstor, si estaba segura, si era verdad. Le corté para seguir con el Censo, mientras escuchaba su voz preocupada, detrás del teléfono. Fue una de esas veces en que me hubiera gustado abrazarla, un segundo al menos, ante ése aparato que resultaba ahora tan inútil. Miré a la señora, le dije lo que había pasado, y fuimos juntes a la tele para ver si era verdad.  

Recuerdo la desazón, las dudas. Las primeras palabras dependiendo del canal que las dijera, cuando algunos intentaron aún en ese momento de dolor, reflotar los ataques del gorilismo galopante. Me fui, cruzando mensajes con medio mundo, tocando timbres y golpeando puertas, presente y ausente a la vez de la extraña escena que me tocaba transitar. Y así fue cómo ante tamaña noticia, volví a ser el Estado que se presentaba ante la gente, en un momento de tanto dolor y temor.  

“¿Y ahora qué vamos a hacer?”, me dijo otra doña, como si yo tuviera alguna certeza que le pudiera compartir. Recuerdo que fue instantáneo mi “la tenemos a Cristina”, que durante todo el día se convertiría en una palabra de aliento, que era recibida tanto con alegría como con dolor por lo que ella debería estar sufriendo. “Justo hoy, con lo que ella quería que salga bien este Censo”, escuché que me decían, todes parte de esa epopeya colectiva que resultó saber a ciencia cierta cuántes éramos les que habitábamos nuestro suelo. Luego ella diría que Él nos ayudó para que todo salga bien, una ensoñación del amor presente en la voz estatal, tan inusual como aquellas fechas que se fueron transformando en una congregación popular para despedirlo.                 

Fueron días sumamente extraños, donde la historia se manifestó en las calles que rodean Plaza de Mayo, con filas que llegaban hasta la 9 de Julio por la Avenida de Mayo y que volvían hasta la Plaza por Rivadavia. Me la pasé yendo y viniendo por toda esa fila múltiples veces, mirando caras, leyendo carteles, escuchando historias, saludando gente. Con la fuerte impresión de algo que nacía, que surgía, como una adhesión ya imborrable. Aquel apoyo crítico que transitamos en los inicios, se convertía en ése momento en una realidad efectiva, en la posibilidad de la multitud que aprueba un proyecto, y que se posiciona en torno a los derechos que le son inalienables, no sólo a cada une, sino a todes y para todes.        

En algún momento de la tarde un conocido nos dijo que habían habilitado una puerta lateral, y que ya se comenzaba a organizar una fila y que si nos apurábamos podríamos entrar. Habíamos desistido del intento en la fila general, porque implicaba una travesía de horas que preferíamos vivenciar caminando entre la multitud. Esa posibilidad nos movilizó al ingreso, y tras un largo rato de espera, pudimos entrar. La escena en el interior era aún más poderosa de lo que las pantallas nos decían. Una intensidad que sumaba aplausos, gritos, llantos, saludos, sonrisas, canciones.  

En algún momento me sentí aplaudir, junto a la muchedumbre, mientras tratábamos todes de saludar a Cristina, de demostrarle nuestro apoyo, de consolarla. Pero era Ella la que se acercaba a la gente para abrazarla, consolarla, contenerla. Una fortaleza que la rodeaba, la empoderaba, la expandía. Quizás allí resida aún hoy la enorme unidad tanto política como personal que ha forjado Cristina con los sectores populares de nuestro país. Un cuidado que es mutuo, y que se expande dependiendo de los diversos contextos en que arrecien los ataques que suele sufrir. “Si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar”, aún cantamos, ante el temor nunca perdido, ante el atropello pseudolegal que intentó encarcelarla, ante el relato mediático que intentan construir de lo que hemos sido.  

En algún otro momento, para aquellas elecciones que terminaríamos perdiendo en 2015, viajé a Santa Cruz y conocí su mausoleo. La impresión aún me dura, entre lo que estábamos perdiendo y la amenaza certera contra todo lo que habíamos sido. “Desde la llegada a Río Gallegos, uno piensa en visitarlo. Quizás como un modo de recuperar aquellas jornadas en donde nos congregamos en Plaza de Mayo, a despedirlo. Cierta necesidad de decir presente, ahí donde ahora descansa, en su tierra. De donde salió y a donde volvió, en un derrotero en el que construyó un capítulo fundamental de nuestra historia”. Decía, y vuelvo a decir, en un contexto que ha vuelto a cambiar tanto. 

Diez años después, hemos vuelto al Estado, con la certera voluntad de cambiar una vez más la historia. Con dificultades enormes que volvemos a heredar de neoliberalismos que casi han destruido la Patria. Con una pandemia a cuestas, y el dolor de no saber qué podemos esperar. Pero con una certeza clara, aquella que nos surgió ante tanta desazón, tratando de dar respuesta a la pregunta que flotaba en el aire aquel 27 de octubre del 2010. Seguimos teniendo a Cristina, ahora de Vice, con la fortaleza militante de quien sabe que ocupa un lugar que nadie más puede ocupar, y que no se elige. Con otra misión hoy, su Conducción sigue siendo la huella que nos permitirá atravesar éste difícil momento. Como supo fortalecernos 10 años atrás, cuando ante la pérdida de Néstor llegamos a temer que todo se desvaneciera. Estos años de resistencia contra el neoliberalismo lo han sido también de resistencia identitaria, donde querían excluirnos del escenario político nacional con campañas de prensa y oscuros personajes arrepentidos. Hoy seguimos luchando por esta Matria liberada, recuperándonos del ataque sufrido y reinventando aquella identidad que sigue siendo el terror de la atroz oligarquía argentina: somos y seremos para siempre, les Kirchneristes del peronismo.  

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