El brote del odio: marcha de una oposición sin salida política

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Por Juan Manuel Ciucci

Foto: Juan Ignacio Roncoroni

Como si fuera un rito, la señora vuelve a asomarse al balcón con sus tapas de cacerola en mano. Salió cada vez que Macri se fue despidiendo, en plazas donde decía que se podía ganar lo que ya estaba perdido. Su característica fue no sólo gritar en contra de Cristina y el peronismo, sino además agitar a sus vecines de clase, a quienes considera unos timoratos por no estar gritando junto a ella por la recuperación de la República. 

Alguna vez le respondí, pero el límite era siempre muy complejo, por lo que antes de las elecciones la mejor manera parecía decirle que a ella también le iría mejor si se iban Macri y su pandilla, si poníamos fin a esos cuatro años de saqueo. Como una manera de intentar romper el círculo de odio con que siempre se manifestaba, y en el que parecía arrastrar toda posible interacción. Finalmente resultaba inútil, y restaba esperar que se canse y vuelva al sillón frente a la TV.      

Ayer no fue la excepción, y se asomó entre las 16 y las 19 a su gran balcón. Ya había salido en pandemia, gritando contra Alberto, Cristina, y quien sea. Sumando además sus agravios a les vecines que no hacían como ella, a quienes tildaba de cómplices, cobardes, etc. Ayer fue todo un poco más patético, sumando a su diatriba de odio un tópico afín al fascismo vernáculo: la década del ´70. Fue su oportunidad para decir “gobierno lleno de guerrilleros”, “la verdad histórica se impuso, no fueron 30.000”, “las hijas de p… de las Madres de Plaza de Mayo, que sus hijos están vivos y en el gobierno”, etc. Tanto horror así desplegado no hace más que entristecer: llega un punto en el cual ya no sabemos cómo reaccionar, qué decir, cómo contestar. Se me ocurrían miles de cosas, en esa tarde donde por pura casualidad (o quizás no, quién sabe) estaba terminando de leer Los pasos previos, de Francisco Urondo. Esos gritos por detrás no hacían más que actualizar la tragedia que preanuncia Paco en su novela. 

Pero de pronto pasó algo inesperado, y fue que sus vecines (que por ser este barrio muy gorila no parecen estar en desacuerdo o nunca lo dicen) comenzaron a pelearse con ella. “Señora, ya sabemos qué pasa, no hace falta que nos lo grite”, le dijo una doña, que otras veces en pandemia salió cacerola en mano. “Le va a hacer mal, basta de hacer ruido”, intentó dialogar. “¿Te molesta? A mí me molesta el peronismo”, decía ella, cuando todo comenzaba a ser entre divertido y patético. “Te voy a denunciar, tenés un brote” le terminó diciendo la vecina. Y no fue la única que comenzó a pelear con ella, ni que la denunció, cuando ya todes estábamos hartes de su ruido y sus gritos.        

Lentamente, todo se fue volviendo más ridículo: una señora con voz cascada, gritando incoherencias, con su propia clase ya molesta por su desaforada odiante impertinencia. Cada tanto diciendo “todo el país está movilizado y ustedes no hacen nada”, yendo y viniendo desde la tele que reflejaba la marcha anticuarentena. Concluyó todo ya entrada la noche, en una pelea de ella con unas pibas que jugaban un fulbito en el patio de su edificio, gritándoles que estaba prohibido hacer eso por reglas del protocolo. Las pibas, fastidiadas, le contestaban divertidas, viviendo una anécdota del feriado encuarentenado. Fue ése momento en el que se desbordó, si es que debemos elegir uno, y que quedó en ridículo ante sus propios partidarios. “Pendejas insolentes, son todas peronistas”, gritó, ya con la barrera cruzada, ante la risa de las pibas y el estupor generalizado ante tanto odio repartido al universo. Se quedó un rato más, gritando y agrediendo, hasta que ingresó en su departamento, cerró la ventana y prendió la tele. 

Existe un límite que se supone no debemos pasar, un punto que desarma toda argumentación y la vuelve vacía, ilógica, ridícula. Una vez que cruzamos esa línea, suelen decirnos que ya no podremos volver. Sin embargo, hay algo en esta oposición odiante que no para de fogonear el ridículo, casi como una manera de volver un poco más inocente la violencia que destilan. Si me parecía que la vecina se había desbordado, prender la tele y ver a Majul/Iglesias/Wolff hacía parecer como una norma ese ridículo alcanzado. Son los pasos de Carrio, de los Bullrich, de Brandoni, Lombardi, Alonso. Personajes que vienen a socavar la política, que son parte de un discurso del odio que buscar destruir el armazón social en pos de una gesta antipolítica capaz de imponer en el “sentido común” la idea de una inútil igualdad de la “clase política”. Son quienes desde adentro vienen a destruir para reconfigurar el trazo social que permite la aparición de personajes tan inefables como los Milei o los Espert. Que por ser personajes “ajenos” pueden vender un futuro distinto ante la apatía construida. Es la misma mentira de los Trump o los Bolsonaro, de la derecha “renovada” que esconde sus argumentos como mejor defensa ante la ridiculez que representan.  

El brote de odio que la oposición viene construyendo se focaliza en esa destrucción del tejido social que nos contiene, en la violencia entre ciudadanes, en una glorificación de la “grieta” para denostar y odiar a quien piensa distinto. Es un camino que sólo lleva a la violencia, a la voluntad destituyente de los poderes concentrados, a la apuesta por una crisis económica que haga estallar el país para poder ellos beneficiarse. Esa es su apuesta, y eso los vuelve tan peligrosos. Un mensaje televisado del odio, que puede llevar a una señora a un brote psicótico o al ridículo. Ella, como una más de tantos y tantas que ya esos mismos medios concentrados intentan no entrevistar, para que la imagen de una marcha al obelisco no se vea empañada por pedidos de muerte para la vicepresidenta, reivindicaciones de la dictadura cívico-eclesiástica-militar, o alucinaciones con conspiraciones interplanetarias que buscan aniquilarles su ansiada libertad. Estamos ante el abismo opositor, que en un contexto de pandemia mundial no hace más que desequilibrar con su odio la difícil realidad que atravesamos. 

Sería sorprendente si no les conociéramos, si no supiéramos que han sido cómplices de todo horror que se ha instalado en nuestro país. Es contra eso que peleamos, y desde donde juntamos fuerza y razón para edificar nuestro futuro. Pero esquivando el odio que intentan inculcarnos y la violencia que imponen.

Nuestro camino debe ser otro, y es el que vamos construyendo. El mismo que transitaremos felices cuando podamos por fin recuperar las calles. Cuando el lazo que nos une se haga otra vez presente, por fuera de pantallas y una lejanía que nos duele. Porque nos toca reconstruir el país que han querido una vez más destrozar. Y porque sabemos por sobre todas las cosas, que sólo es el amor el que puede vencer tanto odio.        

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