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Por Sebastián Russo

Hace unos años estaba en Barcelona. Estaba de regreso de un largo viaje por la uropa. Pocas ciudades, pero bastante tiempo. Estaba yendo en tren al ultimo encuentro de un seminario sobre cartografías y memoria, o algo así. Lo daba una alemana que tenia todas las cucardas pero que dependía de su power point como del aire (acondicionado y del otro) Estaba ya sin guita. Había extendido mi estancia y errancia. Consiguiendo alojamientos prestados, otros económicos en sistemas multinacionales de alquiler de cuartos. Había convivido con húngaros, rusos, uruguayos. Y vivía a shawarma y termo de té en bibliotecas publicas. La escapada con fines reseteadores y pretendidamente refundadora buscaba encontrar alguna señal, alguna marca que expresara su sentido. Un intento fue activar lo que había sido un secundario y alucinado objetivo de viaje, el de llevar mi tesis, avanzar, terminarla. Ella chocha. Y yo que la acuné en mi mochila de aquí para allá, le tenía preparado un último movimiento de jerarquía uropea. Un seminario internacional en centro cultural canchero barcelonés. El Centro Cultural de la Memoria del Born, un barrio aun no tan turístico, pero en pleno proceso de gentrificación, como gustan decir los colegas. Donde convivían rusas asesinas (mi percepción de las anfitrionas de donde paraba y en donde trababa una silla en el cuarto por las noches y por las dudas) con los cool que creen estar descubriendo “lugarcitos” en callecitas “perdidas”, cuando claro está, es el capital el que los encuentra y se los da apenas “escondiditos” para que se sorprendan y “vagabundeen” en gesto de estetizada aventura (lo dije). El seminario fue malísimo. Salvo para ratificar que lo que hacemos en las aulas por estos lares son maravillosas y comprometidas epopeyas. Y no solo por cuestiones materiales de existencia y laburo diferenciales, sino sobre todo por el afán creativo y reflexivo que no solo tienen nuestras hablas sino nuestros modos y apuestas docentes. Lo único bueno que tuvo fue el cierre. Propuesto en otro lado. Y hacia allí estaba yendo. En tren. Toda una inversión. Los trenes en la uropa tienen la carga mágica de todo tren. Pero son caros, y no solo para los viajeros que cuentan las monedas. Magia aristocrática o clase mediera. Incomparable a nuestros viejos trenes de media y larga distancia, de hierro y ventanas abiertas, como los que van a Lobos o a Cabred. Donde la experiencia ferroviaria se vive de cuerpo entero. Los trenes chinos que plagaron el resto de los trayectos trajeron comodidades para el trayecto suburbano, pero encapsulamientos acondicionados y mero transporte para los otros. Caros los uropeos pero van a todos lados. Y no necesariamente de modo radial concentrando y embudando su recorrido como acá. La red ferroviaria europea es enmarañada. Solo cuando la arman en sus colonias, como los ingleses en Argentina, las hacen pensando en su interés portuario. Allá no. De hecho por un misma vía van trenes a destinos distintos. Hay que estar muy atento. Algo que no fue lo que me pasó esa tarde noche. 


Iba al cierre del seminario en tren. El destino era un suburbio barcelonés al que nunca había ido. A decir verdad nunca había tomado el tren en Barcelona. Por eso quizás tardé en reconocer por un lado que la distancia entre estación y estación no estaba siendo la propia de un tren suburbano. Encantado por la experiencia del viajar, perdiéndome en las cosas vistas. Dejándome llevar por la sensorialidad a flor de piel que generan ciertas maquinas de la modernidad (el viaje inmóvil del tren -se ha dicho- es el antecedente y -agrego- reservorio experiencial superviviente del cine) Y por otro darme cuenta que los suburbios barceloneses no eran tan arbolados y descampados como los paisajes inquietantes que veía desde las ventanas en travellings infinitos. Anochecía y una última señal transformó las sospechas en una elocuencia epifánica. “Tren a Portbou”, decía la voz grabada anunciando el arribo a una nueva estación. Allí caí en cuenta, que era algo que esa voz venía repitiendo pero que no había asociado a nada. Un breve rapto conmocional me hizo bajar del tren. La estación no la recuerdo ni me importaba. Una tarde noche neblinosa me tenía en un paraje arbolado rumbo a Portbou. Nunca había relacionado la posibilidad de viajar allí desde Barcelona en tren. El sitio donde Walter Benjamin se suicidó estuvo rondándome todo el viaje como deseo, como laica y mesiánica peregrinación a una meca síntoma de mi formación, lecturas, anhelos escriturales, experienciales. Y de repente, cual sobre determinado momento aurático, una fuerza extraña, vagabunda e inconsciente me arrastraba hacia allí. Benjamin había sido citado de modo grosero y largo por la seminarista alemana. Mas por obligación y cliché académico (globalización de un cliché que me había sorprendido: la academia como una multinacional boba) Pero Benjamin de repente se me autocitaba cual acontecimiento. Todo estaba allí, en esa extraña chispa sensorial que abrió un estado de reflexividad y vivencia afectada, en suspensión. Qué hacer. Seguir, sin saber si tendría dinero para ese viaje y para mis últimos días uropeos. Darme a una aventura que tenía mas de fetiche de turismo académico. O regresar, entendiendo que era eso, esa irrupción, ese desacomode en la cordialidad de un viaje en tren por las campiñas del mundo de las campiñas lo que me hablaba y expresaba un mojón (el último) de ese viaje que terminaría días después, con una otra irrupción y retorno amoroso que trastocó y reconfiguró mis años posteriores. Así fue. Me quedé en la estación y me tomé el que me devolvía a Barcelona. En un rapto de astucia combinatoria terminé en la localidad a la que había emprendido viaje. Allí estaba la alemana. Estaba en una vieja fábrica devenida en (otro) Centro Cultural. Pero mi gesto era otro. Tenía un cuerpo. Voluntad. Arrojo. El mismo que días luego me llevó a un reencuentro igual de inesperado, y de aurático, relampagueante, fantasmagórico. Ya era otro, o eso sentía. Desde entonces Benjamin dejó de ser uno de mis escritores favoritos, pasó a vivir en mí (es lo que me deseo, cada tanto) También ella.

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