¿Quién vigila a los vigilantes?: una escena mediática ante la bonaerense desacatada

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“El amotinamiento de la Policía Bonaerense en reclamo de salarios, es la última cruzada que les permite disparar desde las pantallas todo el sinsentido que fueron construyendo en los últimos cuatro años con amparo estatal. Un desacatado bonaerense cierra su participación en un móvil de TN diciendo: “queremos enviarle un apoyo incondicional al compañero Chocobar, que el mes que viene enfrenta un juicio, estamos con él”. Desde el piso nadie acota nada luego de esta apología del gatillo fácil, y siguen explicando lo poco que gana la policía y lo justo que es este relamo, “que no tiene nada de político”, eso sí se esfuerzan en aclarar”.

Por Juan Manuel Ciucci

En otros tiempos debatíamos horas enteras en torno a la famosa batalla cultural, y las discusiones que se ganaban o perdían en las arenas mediáticas. Aquellos modos del discurso parecieron agotarnos tanto, que los fuimos abandonando ante nuevas apariciones fantasmagóricas, con anglicismos tales como fakenews o trending topic. Pero el tema de fondo sigue siendo el mismo, y se ha potenciado a niveles apocalípticos en un contexto de pandemia donde la ciudadanía debe quedarse en sus hogares (quienes los tienen y pueden hacer uso de los mismos) y su conexión con el afuera encuentra como única salida las diversas pantallas que nos enfrentan.   

Declarados como esenciales, los periodistas se presentan ante nosotres para traernos la novedad del afuera, o en la construcción de una realidad que como pocas veces se nos hace muy difícil contrarrestar. Es por esto que llegamos a una intoxicación informativa tal que el sentido común de derecha que construyen los medios hegemónicos de comunicación parece extrañar el tiempo macrista que compartía desde el Estado su mensaje clasista y discriminador.

El amotinamiento de la Policía Bonaerense en reclamo de salarios, es la última cruzada que les permite disparar desde las pantallas todo el sinsentido que fueron construyendo en los últimos cuatro años con amparo estatal. Un desacatado bonaerense cierra su participación en un móvil de TN diciendo: “queremos enviarle un apoyo incondicional al compañero Chocobar, que el mes que viene enfrenta un juicio, estamos con él”. Desde el piso nadie acota nada luego de esta apología del gatillo fácil, y siguen explicando lo poco que gana la policía y lo justo que es este relamo, “que no tiene nada de político”, eso sí se esfuerzan en aclarar.

El larguísimo pliego de exigencias que han presentado los desacatados armados, encuentra el beneplácito de opinadores de turno que históricamente han reaccionado de modo refractario a todo tipo de reclamo laboral que haya llevado adelante algún tipo de protesta. Nunca más clara la doble vara utilizada: si un grupo de laburantes corta una ruta porque han sido estafados por la patronal, lo más sensato será reprimirlos. Si la Policía Bonaerense no sólo hace abandono de sus funciones poniendo en riesgo a la ciudadanía (aunque siempre sospechamos que es mejor cuando no están que cuando están), rodean edificios públicos y hasta viviendas particulares de funcionarios: el reclamo es justo, se entiende que estén tan enojados y hasta puede perdonárseles algún exabrupto o discurso apologético.

El dilema Berni

Tanto su personaje público, como los diversos exabruptos que fue cometiendo a lo largo del año, han puesto al Ministro de Seguridad bonaerense Sergio Berni en el centro de la escena político y mediática. Esto último especialmente a partir de su vocación permanente por aparecer en las pantallas, sumándose a los debates más potentes o más intrascendentes. Desde cruzarse al aire en un noticiero con el secretario de Relaciones Parlamentarias del Gobierno nacional por las tomas de tierras, hasta recibir el pedido de Ventura en un programa pseudonoticioso para ayudarlo a conocer el paradero de la madre de Luis Miguel. Esa presencia se sostenía en su fuerte rol como gestor (algo muy admirado desde la derecha opositora) y con un buen control sobre una de las fuerzas más mafiosas del país.   

Éste contexto de policía bonaerense desacatada no hace más que evidenciar que el único capital que manejaba Berni se le escapa de las manos, y que se vuelve entonces su figura mucho más opaca que antes. Incluso su primera reacción positiva ante el reclamo, reconociendo lo adeudado históricamente en la actualización de salarios, no hizo más que enrarecer aún más el ambiente. No por reconocer algún marco de justicia en el reclamo (que desde lo salarial puede tener), sino por estar al tanto de lo que pasaba y no haber reaccionado políticamente a tiempo. Es decir, cumplir con sus funciones. Siendo que compartió más de una vez en las redes sus discursos y arengas ante una oficialidad formada militarmente, parece no haber comprendido el modo de accionar al interior de la fuerza, con medidas políticas y sociales que contemplen las necesidades de la bonaerense. A tan sólo días del anuncio presidencial de un plan de seguridad para la provincia, ésta reacción da cuenta de las fallas estructurales que presenta la gestión Berni. 

Esta crisis de seguridad sin dudas nos dejará mucho para seguir debatiendo, pero especialmente en torno a este ministro con pretensiones electorales, discurso hacia derecha, y varias causas que le exigen dar cuenta tanto de sus acciones como de la de sus subalternos. El caso de Facundo Astudillo Castro, sin dudas, es la central.

Quis custodiet ipsos custodes?

La traducción al castellano de la frase, si bien pierde la ambigüedad del inglés (Who watches the Watchmen?) que ha sido utilizada con maestría en la fundamental historieta de Alan Moore y Dave Gibbons Watchmen (recomendamos de paso ver la serie estrenada el año pasado por HBO), gana en elocuencia ante nuestro lunfardo: ¿quién vigila a los vigilantes?. Desde aquellas facturas bautizadas por anarquistas en las panaderías argentinas con el sobrenombre policial, el vigilante es tanto el policía como la acción que desarrolla. Ser un vigilante es una de las peores cosas que se pueden ser.

La frase del latín que proviene de las Sátiras de Juvenal, nos interroga sobre el poder que construimos al erigir una fuerza que nos controla. Es quizás la amenaza mayor, cuando quien debía protegernos hace sistemáticamente lo contrario. Los casos de gatillo fácil son sin dudas su cara más visible, pero también lo son las mafias que no sólo permiten sino que hasta organizan, como el juego ilegal o la prostitución de menores, siempre un poco más ocultos hasta que acciones como las que Susana Trimarco lleva adelante, los desenmascaran.

Estas protestas en donde se nos muestran a los efectivos como héroes y defensores del bien común, buscan ocultar la trama de horrores que carga en sus espaldas “la maldita policía”. Pero justamente estos pedidos salariales deberían ser la puerta de acceso a un recambio profundo de esta estructura mafiosa y patriarcal, donde a cambio de esas mejoras se pueda intervenir tanto en la formación intelectual como en la preparación física y técnica de las fuerzas. Algo de esto ha dicho en estos días muy certeramente Hebe de Bonafini: “Les aumentan el sueldo, pero no les aumentamos el estudio, la formación ciudadana, la responsabilidad en el uso de las armas. Y sobre todo, la lección de que están para cuidar a la sociedad, especialmente a quienes habitan los barrios marginales, no para fusilarlos cuando se les cante”.

Será cuestión de ver cómo se resuelve esta instancia decisiva, una vez más, con las fuerzas desacatadas en las calles. Cuando en el 2012 la Gendarmería se amotinó reclamando mejoras salariales, me tocó cubrir en el Edificio Centinela los avances del conflicto. Llegué con temores destituyentes, pero al tomar contacto con las fuerzas, se notaba el reclamo salarial de quienes provienen de los sectores populares y encuentran en las carreras militares y securitarias una salida laboral directa. Eso no quita la gravedad de la situación, y la irresponsabilidad de amotinarse con armas en un contexto democrático. Tampoco le quita peso a la irresponsabilidad político/mediática de intentar montarse sobre este reclamo. Pero sí me permitió repensar la situación por la que atraviesan quienes surgen de los barrios populares y toman el uniforme para reprimir a quienes como ellos viven en esos mismos barrios.

Es fundamental que si sostenemos la necesidad de contar con fuerzas de seguridad (algo que alguna vez deberá debatirse en profundidad), la formación de las mismas sea un tema primordial. Que deben estar bien equipadas y con salarios dignos. Pero que deben también desde el interior de las fuerzas producir los cambios estructurales para dejar atrás el triste papel que hasta hoy han cumplido en nuestra democracia. Dejar de ser cómplices entre ellos de las atrocidades que cometen, denunciar las tramas de corrupción que sostienen y apañan, dejar de perseguir y hostigar a las poblaciones vulneradas.   

Mientras tanto el show mediático continúa, con policías alpinistas en torres de comunicaciones, voceros improvisados que legitiman la violencia institucional o critican a los que se “robaron todo”, y conductores y movileros que agitan los enojos desde historias personales con llanto garantido. La irresponsabilidad que los atraviesa es tan antidemocrática, como esa molotov casera que algún infradotado arrojó a las paredes de la Quinta de Olivos. En un contexto de pandemia, con todo lo que eso significa, parece increíble debatir con ta poca profundidad estas cosas. Pero así estamos: la batalla cultural que perdimos en diciembre de 2015 está lejos de haber sido revertida.     

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