Libertad, divino tesoro

Dossier# Gestión publica

Por Abril García Mur

Biblias, camperas militares, ignorancias sanitarias, incoherencias discursivas, reminiscencias a pasados oscuros, amenazas, y otras tantas cuerdas flojas reclaman en plaza de mayo “Libertad”. Paradojas de un mundo plural que estamos intentando construir.

Esa asociación -cargada de historia popular- entre Independencia y Libertad refleja las múltiples posibilidades que nos presenta ser dueñes de nuestro destino. Romper las cadenas que nos sujetan y batallar las crueles imposiciones de estructuras opresivas. Defender la tierra, construir la Matria, proyectarnos comunidad, hermanarnos en el camino, liberarnos y liberar. ¿Pero qué pasa cuando esa libertad, resultado de la no dependencia, no se piensa colectiva si no específicamente individual? ¿Cuáles son los riesgos de una libertad propia basada en la no libertad de otres?

Resulta hasta sorprendente ver personas movilizadas convencidas de que hay una pandemia que no existe, un virus que muere fácilmente, que es tan solo una gripecita, que sirve para liberar presos, ganar domiciliarias, y esconder monstruos populistas. Tan sorprendente como escuchar que la tierra es plana, que Dios nos juzgará por yeguas o que hay una vicepresidenta que fue elegida por la mayoría popular para esconder oro en subterráneos secretos. La sorpresa, creo yo, es ante la asociación de sentidos comunes que por separado ya asustan bastante como para tener que enfrentarlos en conjunto.

Sus múltiples significados, o más bien su fuerte potencial de atentar contra el statu quo, hacen de la Libertad un anhelo codiciado. Pero mala noticia: vivir en comunidad implica el respeto por la existencia de les otres, un proyecto de humanidad que no tenga en cuenta esto resulta ya un sinsentido. Que mi libertad tiene límite ante el detrimento, sufrimiento, opresión de les otres, debería ser una obviedad. Evidentemente, no lo es. Ni ante una crisis mundial sanitaria, económica, social y política.

Esta crisis se desata en un contexto en donde el 1% acumula la misma cantidad de riquezas que el 99% restante de la población mundial. Dato que requiere dos o tres lecturas para poder entenderlo, o creer que pueda ser verdad. ¿No es evidente que estos niveles de desigualdad que implica la libertad total para algunes y esclavitud para otres es insustentable? Evidentemente, no lo es.

En Argentina, este estadio confuso de virus y desigualdades toca con gobierno peronista. Acusado de “populista”, de “engrietador”, de “fanatizador”, este gobierno fue repudiado el 9 de julio por esa alianza neoconservadora de conclusiones cuestionables y discursos incoherentes que evita asumir algunas evidencias que se nos presentan.  Con fanatismos y odios acérrimos, gritan y escupen ante cámaras no opositoras, violentan periodistas no opositores, hacen falsas acusaciones, invitan al enojo y a rebeliones individuales contra dudosas instituciones como la corrupción “sistémica”, la mafia, o hasta inexistentes como un “ministerio de la venganza”.

Periodistas y políticos opositores dudan de la eficacia de estas imágenes y comienzan a despegarse de actos que traspasan las fronteras de lo aceptable. Paradojas de un mundo plural, en donde eses que se despegan son les que se preguntan no ingenuamente si el gobierno completa mandato, afirman la barbarie (o salvajismo) de quienes no pensamos como elles, piden intervenciones militares en otros países, usan muertos para el rosqueo, o cínicamente desmantelan el sistema de salud para después acusar al gobierno de turno. Sería al menos reconfortante que asuman el rol que tienen en estos fogoneos. Sería al menos digno que dejen de acusar incumplimientos institucionales cuando lo único que hacen es mover el banquito a ver si se cae.

Y en ese barro nos encontramos. Confundides, angustiades, también cansades y preguntándonos cuánto más podemos escuchar, soportar, convivir con aquelles que solo buscan conseguir “libertad” pisando nuestras cabezas. A veces parece que hemos perdido la empatía, la tolerancia, pero después recordamos que nos mueve la enorme confianza de un triunfo popular que consiga una libertad colectiva, que se alza desde el cariño y la solidaridad. Porque el odio, hemos visto, ya tiene dueño.

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