La independencia como viabilidad del cuerpo político: la derecha argentina y el ataque a la estabilidad nacional

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Un nuevo aniversario de la Declaración de la Independencia argentina nos encuentra confinades para combatir un virus cuyas consecuencias sociales son aun incalculables. Atrapades en medio de la que posiblemente sea la mayor crisis de nuestra generación, nos enfrentamos como país a otro flagelo potencialmente igual de destructivo: el oposicionismo radicalizado de la derecha, con el PRO de los Bullrich y los Macri a la cabeza. Mientras intentamos imaginar estrategias para salir de la pandemia sin que nadie se caiga del barco, las fuerzas conservadoras han elegido una vez más jugar el peligroso juego de la desestabilización de un gobierno democráticamente electo.

Por Mario Bedosti

Recibimos un nuevo 9 de Julio y desde Círculo Ecuador nos dimos la tarea de pensar en los múltiples significados de la independencia. Tomando este disparador me veo compelido a situarlo en el peculiar contexto que atravesamos. Y este es el de un mundo que, patas para arriba por un virus que aún no da señales de retirada, ha redescubierto la importancia de los Estados nacionales. Cada nación despliega sus estrategias para intentar morigerar los impactos del COVID haciendo uso de las herramientas que tiene a mano. Desde este lugar es que pienso que el primer recurso con el que el Estado cuenta es su legitimidad, es decir, el reconocimiento social que otorgamos a quienes han recibido el mandato para dirigir nuestros destinos. Este recurso cobra especial relevancia en los países democráticos, cuyos gobiernos ven surgir su poder del respeto de la regla de la mayoría. Sin embargo, este artículo no está inspirado por el análisis de las estrategias gubernamentales, sino por el peligroso juego al que una vez más la derecha vernácula ha decidido exponernos. Y ese juego es el de la desestabilización política.

En diciembre de 2019 el expresidente Macri declaró que su fuerza política sería “una oposición constructiva”. Muy lejos de esa declaración de principios, la coalición macrista/radical está embarcada desde comienzos de la pandemia en el proyecto de desestabilizar al gobierno del Frente de Todos con cualquier excusa que puedan aprovechar. Desde que nuestro país entro en el aislamiento social, preventivo y obligatorio, Juntos por el Cambio (JXC) ha impugnado la legitimidad del gobierno con gravísimas acusaciones. Al típico repertorio de “ataque a las instituciones y las libertades” se ha sumado desde el pasado fin de semana la caracterización del asesinato de Fabián Gutiérrez como un “crimen de Estado”.

Desde el polémico comunicado que lanzaron sin siquiera contar con un mínimo consenso interno, hasta las incendiarias declaraciones de referentes del espacio, la coalición opositora no ha tenido empacho en tratar de configurar la muerte del ex secretario de Cristina Fernández como un nuevo “caso Nisman”. Con las evidencias preliminares y las declaraciones de los familiares de Gutiérrez apuntando en dirección contraria, les principales referentes de JXC han realizado un juicio sumario, decretando que estamos otra vez ante un caso de la sed de sangre de la Vicepresidenta de la Nación. La acusadora serial Mariana Zuvic, que ha construido una carrera política sobre la base de ensuciar a sus adversaries, no ha guardado reparos en emparentar automáticamente el asesinato con el kirchnerismo. Las declaraciones del titular de la UCR, Alfredo Cornejo, han ido en el mismo sentido.

Como estudiante de la carrera de Ciencia Política, se me enseñó que históricamente el peronismo ha sido el primero en jugar en contra de las instituciones de la República. Pensando en los sucesos de los últimos días, me permito poner esa temeraria aseveración en tela de juicio. Provengo de una disciplina que repite hasta el hartazgo las bondades del pluralismo democrático y la institucionalidad. Tomando estas virtudes como ciertas, los sucesos de los últimos meses y el comportamiento de la derecha argentina nos obliga a poner en cuestión si acaso el peronismo es el movimiento político argentino menos afecto al respeto de las reglas democráticas.

Si ponderamos la estabilidad política de un país como una contribución a la consecución del bienestar colectivo, bien podemos concluir en que el oposicionismo radicalizado de la conducción de JXC la hace un flaco favor a nuestra sociedad. No es difícil imaginar el corolario de continuar con el discurso de que quienes nos gobiernan son poco más que una banda de ladrones asesinos. Un gobierno que a todas luces sería ilegítimo, no tiene más destino que caer. La nada sutil pregunta acerca de si este gobierno terminará su mandato vertida por Juana Viale en el programa de su abuela ayuda a desnudar esta obvia estrategia destituyente. Va así quedando en evidencia la contradicción entre los encendidos discursos de JXC a favor del diálogo democrático y el respeto de la institucionalidad y su accionar político. En palabras de Marcelo Leiras,  “si te vas a poner así cada vez que te acuso de mandar a matar a alguien, no vamos a poder conversar bien”. Esta frase nos ayuda a conceptualizar la diatriba cambiemita: dialoguemos siempre, aun cuando no me tiemble el pulso para tirarte cadáveres por la cabeza sin la más mínima evidencia.

Llegado a este punto, le lectore puede preguntarse si las reflexiones acerca del riesgoso juego de la derecha tienen relación con la independencia de nuestro país. Sostendremos no obstante que la respuesta es afirmativa. Un país independiente es necesariamente un país viable en términos políticos. Y como dijéramos al principio, en un país democrático esa viabilidad está delimitada por el consenso popular. Entonces, en un contexto global sanitario que como poco puede denominarse catastrófico, tener una oposición que apunta todos sus misiles a destruir al gobierno central no puede más que leerse en clave de atentado contra la soberanía nacional. La conclusión de estas palabras dista de ser un pedido por una oposición dócil, servil o sumisa. Por el contrario, es una pregunta acerca de si la derecha es capaz de por una vez hacer honor a los valores que no se cansa de ensalzar. Y es también una pregunta acerca de qué juegos declararemos lícitos o no en la pugna política. Es, quizás, la hora de preguntarnos si como sociedad seremos capaces de poner un límite a los discursos del odio y del faccionalismo. Es, en definitiva, la hora de preguntarnos quiénes son les que quieren una sociedad empobrecida, sometida y dependiente. Y, por el contrario, interrogarnos sobre con quiénes contamos para la construcción de un país que pueda ser económicamente viable, políticamente autónomo y socialmente justo. 

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