Sergio Berni: el problema de la solución del problema

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“Su physique du rol es parte fundante del personaje, que lo muestra duro y honrado, preparado para casi todo y dispuesto a “jugársela” cuando haga falta. Es la imagen del varón argentino, medio canchero y con pocas pulgas, de esos galanes que podían pegarle un “correctivo” a la heroína cuando ésta se extraviaba en sus llantos histéricos o en sus reclamos punzantes. ¿Pero qué encarna Berni en un papel tan clave para pensar nuestro presente y el porvenir, a medio camino entre un Arnaldo André y un Malevo Ferreyra?”

Por Juan Manuel Ciucci

Ya nos estamos acostumbrando a esta “nueva normalidad” en donde el Ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires aparece casi diariamente en las pantallas, “en el lugar de los hechos”. Con su moto (y hasta fusil en mano) Sergio Berni recorre la Provincia, se hace presente donde alguna situación toma estado público y se vuelve crítica, o que mediante su accionar en el territorio se vuelve noticia nacional, e incluso aparece en los retenes de control de acceso a la Ciudad para criticarlos cuando le parece que funcionan mal. En todas estas acciones realiza una performance peculiar ante las cámaras, donde recupera la imagen del “justiciero”, idea con un fuerte efecto seductor para las masas y los medios sedientos de “seguridad”.

Puesto a controlar a la principal fuerza de seguridad del país, la Policía Bonaerense, hay algo en su estilo que parece indicarlo como el mejor para el lugar que ocupa. Su physique du rol es parte fundante del personaje, que lo muestra duro y honrado, preparado para casi todo y dispuesto a “jugársela” cuando haga falta. Es la imagen del varón argentino, medio canchero y con pocas pulgas, de esos galanes que podían pegarle un “correctivo” a la heroína cuando ésta se extraviaba en sus llantos histéricos o en sus reclamos punzantes. ¿Pero qué encarna Berni en un papel tan clave para pensar nuestro presente y el porvenir, a medio camino entre un Arnaldo André y un Malevo Ferreyra?

Los debates en torno a una seguridad democrática son siempre complejos en nuestro país, y tienen la facilidad de perder peso ante la aparición de este tipo de “hombres de acción”. Siendo un tema tan candente, parece que estamos siempre ante la urgencia, donde el accionar no del todo reglamentario (como un Ministro empuñando un arma larga en un operativo) puede ser tolerado. En nuestro país, con el fuerte antecedente de casos de violencia institucional que registramos, estos mensajes son sumamente peligrosos. Tienden a presentar a las fuerzas de seguridad como comandos desbordados ante el avance del crimen organizado, a quienes no les queda más remedio que emplear el estilo más “duro” posible. Es este imaginario el que opera cuando vemos a los medios de comunicación reaccionar complacidos ante el despliegue de Berni, ante el mito creciente de su omnipresencia. “Dicen que cae en las comisarías disfrazado”, comentan gustosos.

La fuerza policial, en tanto, parece también complacida con este funcionario que para recuperarla le impone un mandato de orden y progreso, prometiendo limpiarla de las malas administraciones pasadas. Así, no tenemos idea ya de quién es la principal autoridad en la Policía Bonaerense, y toda la escena es cubierta por el mismo Berni. Tal es así que en la página donde aparecen las autoridades de su Ministerio, sólo nos encontramos con su nombre, y las restantes nóminas llevan un cartelito por el que parecen estar en permanente “adecuación”. La centralidad que construye tiene las lógicas securitarias de evitar dobles comandos, de concentrar la representatividad y los riesgos, de conducir con firmeza una fuerza que ha atravesado diversos gobiernos y siempre supo subsistir sin que sus lógicas hayan sido refutadas.

Es en ése pequeño ejército es donde reside el peor de los peligros a los que nos enfrenta la “Doctrina Berni” en términos de seguridad. Necesitamos desterrar del imaginario social que es mediante el uso de la fuerza y de los códigos “a lo macho” que se puede mejorar la seguridad en nuestro país. Debemos visibilizar aún más los fuertes atropellos a los derechos de las personas que significa la mera existencia de la Policía Bonaerense como institución, sumando también a las otras policías provinciales y a las fuerzas nacionales. Estamos en una situación gravísima: las estadísticas de la Correpi indican que por violencia institucional hubo una muerte cada 19 horas en la era Macri.

Ese trasfondo trabaja además en las cabezas de nuestres conciudadanes, que muchas veces ve como algo positivo este tipo de exhibicionismo securitario y represivo. En ése débil vaivén donde se pasa de alentar los linchamientos vecinales a denunciar a los policías asesinos de cuatro jóvenes en la Masacre de San Miguel del Monte, es donde vamos día a día construyendo una nueva idea de seguridad democrática. Donde conocemos casos como los de Ulises Rial, Ezequiel Corbalan, Luis Espinoza o Ceferino Nadal. Donde nos enteramos de los negociados policiales por detrás del crimen organizado. Y en donde tenemos que imaginar un futuro menos represivo, que pueda contener las necesidades ciudadanas de seguridad, enmarcadas en un proyecto social integrador que ofrezca alternativas viables a quienes no encuentran otra salida que el delito.

La solución rápida que encarna Berni no es más que sumar otro problema, capital por su trascendencia, en este panorama. Su alto perfil de “justiciero”, el modo en que se muestra y ofrece críticas a instancias superiores o que exceden su campo de acción, sus peleas con la Ministra de Seguridad de la Nación, ya son insostenibles. Urge un cambio de lógicas en la seguridad provincial, donde este tipo de posturas sean las minoritarias, si es que se cree que son aun necesarias. Deberían estar destinadas a ser los últimos esténtores de un modo de entender la política y la seguridad en nuestro país. Sino, será un continuismo de lo peor que hemos venido atravesando los últimos 4 años, donde en las calles no podíamos ver a las fuerzas de seguridad más que como una amenaza. Es tiempo ya de superar ése estadio, donde Berni no parece ser el indicado para lograr el cometido.

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