CABA: “No hay reconstrucción económica posible si no es transversal a una Política del Cuidado y de la Vida”

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“Resulta urgente la implementación de una Política del Cuidado y de la Vida, para el abordaje de la Emergencia Social, Económica, Sanitaria, Alimentaria y de Género que estamos atravesando. Y es más indispensable aún que todos esos actores mencionados previamente tengan participación y representatividad en su formulación. No hay Plan de Contingencia posible sin la consolidación de Comités de Crisis, de mesas de trabajo multisectoriales”.

Por Paula Carrizo (trabajadora de niñez, feminista sindical y comunicadora)

Ilustración de portada realizada por la autora

A diez años de los multitudinarios festejos del Bicentenario, el último 25 de Mayo afloraron las banderas celestes y blancas colgadas de balcones, o al hombro de manifestantes ‘anti-cuarentena’ en la Plaza de Mayo. Mucho ¡Viva la Patria! Pero, ¿De qué hablamos cuando decimos ‘Viva la Patria’? ¿Qué Patria imaginamos en nuestras cabezas? Independencia, ¿Para qué? Libertad, ¿De quiénes? Veo gente culpabilizando a les vecines de las villas por la explosión de contagios, exigiéndole al jefe de gobierno Horacio Rodríguez Larreta que las blinde para poder retomar su ‘normalidad’. Discursos que, lejos de estar motivados por una mirada de cuidado hacia el otre, les sentencia como responsables de la propagación de la pandemia, construyéndoles como enemigos, y haciéndoles cargo de la imposibilidad de retomar sus múltiples actividades laborales y sociales. Imagino a esa misma gente sentada en una mesa de domingo, alzando sus copas al grito de ‘Viva la Patria’, y me hace cortocircuito la imaginación. No hay ‘Patria’ posible sin les otres.

Para empezar, urge recordar que la peste -una vez más- vino de afuera. La trajeron en barco, en avión. Y no fueron precisamente todes eses compatriotas a quienes pareciera haberse decidido librar a su propia suerte. No estamos en Crisis exclusivamente por el virus -sí en Emergencia- sino por todo lo que este viajero invisible develó a su paso, al echarle luz a las tremendas desigualdades sociales que acarreamos y profundizamos hace décadas. Vivimos en una Ciudad que decidió alojar a les ‘repatriades’ en emblemáticos hoteles, pero negó esa misma posibilidad a las personas en situación de calle, a les adultes mayores en riesgo de las villas. Habitamos y legitimamos por acción u omisión un modelo de ciudad en el que hay vidas dignas de ser vividas, y vidas clase B. Si eso es la Patria, habrá que ponerse de pie sobre estos cimientos tambaleantes y construir otra cosa.

En la era de la hiperconectividad, del boom de los vivos de instagram, gifs, tiktoks, memes, estados, historias, videos por whatsapp, testimonios, fakenews, posmentira, posverdad, posteos y retwitts saturando nuestras cotidianidades, la realidad se asemeja a un espejo estrellado contra el piso. Cada cuál leyéndola desde el pedazo que le tocó en cercanía. Tarea de artesanos, la de comenzar a encastrar los fragmentos, para recuperar una mirada compleja e integral respecto al inédito escenario que estamos viviendo. Asumir el desafío del pensar en el aquí y ahora. Cuestionar, por ejemplo, cómo nombramos y por ende leemos este presente, para entender dónde estamos parades y caminar conjuntamente hacia un horizonte común.

Un buen punto de partida es dejar de hablar de “cuarentena”. Es cuarentenas, indefectiblemente plural. Todes estamos siendo afectades por este presente, sí, pero construir un imaginario de falsa paridad de condiciones invisibiliza las desigualdades que hacen la diferencia entre la vida y la mera supervivencia. Hablar de cuarentenas implica recuperar la noción de interseccionalidad, tener en cuenta que hay barrios prendidos fuego, casas donde abunda el agua y otras donde no cae una gota del grifo hace semanas, hay cocinas con la olla vacía, trabajadores de la economía popular que no están pudiendo hacer el mango diario y gente que quedó en calle. Hay personas con neurodiversidad que no están accediendo a tratamientos terapéuticos y para las que estar encerradas constituye un peligro semejante o superior al salir al afuera. Hay vecines de villas y barriadas soportando diariamente la impunidad de policías abusivos, hay madres y padres haciendo malabares para resguardar la integridad psíquica y emocional de sus hijes, a la vez que intentan cumplir con las exigencias de esta flamante modalidad de teletrabajo que lejos se encuentra aún de estar debidamente regulada. Hay pequeños y medianos comerciantes que no han podido subir las persianas nuevamente y corren el riesgo de no poder hacerlo nunca más. Hay trabajadores del sector privado a quienes les redujeron el salario o directamente echaron, y hay incontables ciudadanes que no llegan a pagar el alquiler. Hay mujeres aisladas con sus agresores, personas en contexto de encierro al borde de la desesperación, y hay laburantes de salud, niñez, tercera edad, transporte público, higiene urbana y otros servicios esenciales yendo a trabajar sin contar con los indispensables elementos de protección.

Por suerte -que no es suerte sino conciencia social y reconocimiento del otre como semejante- también hay redes de solidaridad que se tejen bien desde abajo, construyendo la malla de contención que ha tenido un rol deliberadamente esencial para que el desmadre no sea total. Todavía. Son las organizaciones sociales, los clubes de barrio, asociaciones civiles, sindicatos, delegades barriales, voluntaries de terciarios y universidades. Es su accionar conjunto en asambleas, en los Comité de Crisis del Bajo Flores y de la 31. Su tiempo y compromiso puesto a disposición para hacer posible la implementación del Operativo Detectar en la Ciudad. Son, por ejemplo, les integrantes de la Unión de Trabajadores de la Tierra, que en una lección magistral de ética, solidaridad y justicia social han distribuido más de 70 mil kilos de verduras y frutas en villas y sectores vulnerables desde el comienzo de la pandemia. Es la garganta de La Poderosa en llamas de denunciar las injusticias padecidas, sobreponiéndose a los golpes diarios para poner en marcha la campaña “Contagiá Solidaridad”, recordándonos que hay dos términos que tampoco debemos confundir: ‘aislamiento físico’ y ‘aislamiento social’. Cuando factible, debe garantizarse el primero. Nunca, jamás el social. Hacer frente a este escenario implicará apelar a toda nuestra creatividad para reconstruir, cuidar y fortalecer los lazos sociales, para pensar y activar estrategias integrales que permitan abordar la situación en sus múltiples aristas y avanzar hacia aquello que aún no ha sido y que hoy por hoy se nos representa como incertidumbre. 

A su vez, por invaluable que sea la labor previamente descripta, resulta igualmente insuficiente si no se plantea desde el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, actual epicentro del contagio a nivel nacional, una Política del Cuidado y de la Vida. La muerte de Ramona Medina, referente de la villa 31, estalló ante nuestras narices como una piña en el centro del estómago, poniéndole nombre, carne y hueso a las consecuencias de las políticas de abandono de la gestión de Horacio Rodríguez Larreta. Porque la palabra ‘negligencia’, resulta ínfima: refiere a la falta de cuidado, errores, descuidos en el cumplimiento de una obligación. Lo que está sucediendo en la Ciudad es el abandono consciente de las poblaciones más vulneradas, y es el ninguneo de las políticas públicas y del aparato del Estado en sí mismo. En un contexto en el que quedó de manifiesto la importancia de un Estado presente, de un sistema de salud fortalecido, de políticas que alojen, que garanticen y restituyan derechos, exponer a les trabajadores estatales al contagio compulsivo a través de la ausencia de insumos básicos de higiene y seguridad, y de las condiciones de trabajo adecuadas, es terminar de implosionar las ya vapuleadas políticas sociales de la Ciudad, exponiendo a la sociedad en su conjunto. Como bien expresó el ex viceministro de Salud, Mario Róvere, en un brillante artículo publicado en Síntesis Mundial: “entre enfermar y morir están los servicios de salud, pero entre enfermar y no enfermar está la política pública” 

Entonces, resulta urgente la implementación de una Política del Cuidado y de la Vida, para el abordaje de la Emergencia Social, Económica, Sanitaria, Alimentaria y de Género que estamos atravesando. Y es más indispensable aún que todos esos actores mencionados previamente tengan participación y representatividad en su formulación. No hay Plan de Contingencia posible sin la consolidación de Comités de Crisis, de mesas de trabajo multisectoriales. Los movimientos sociales, sindicatos, asambleas villeras advirtieron desde el primer día las urgencias por abordar. Señalaron tanto la necesidad y la falta, como las consecuencias de desoír estas verdades. Resulta difícil poner en palabras la frustración, la impotencia que genera ver cómo los pronósticos fueron cumpliéndose uno por uno. El virus no nació en las villas, y sin embargo estalló en el corazón de los desamparos porteños: en el Parador Retiro y demás dispositivos de emergencia para gente en situación de calle, en el hogar Rawson para adultos mayores, en el Hospital Borda, en absolutamente todos los institutos (cárceles) de ‘menores’ (adolescentes), en los hospitales públicos, en la 31, en la 21-24, en el Bajo Flores y ahora en la Carbonilla. En la última semana, con los estragos resultantes del abandono de la 31 aún bien presentes, vecines de la villa 21-24 debieron salir a cortar Av. Iriarte y Vélez Sarsfield para denunciar la persistente falta de agua potable. 

Ahora bien, pareciera ser que el crecimiento del contagio en las poblaciones más vulneradas consolidó la idea en otros sectores de que el riesgo inminente ya pasó. Una reacción de negación del grave estado de situación y de lo que aún nos resta atravesar, que se complejiza aún más al verse alojada en sus consecuentes demandas (algunas de ellas válidas) por discursos provenientes de actores liberales, quienes irresponsablemente buscan construir consenso en torno a lo contraproducente de las medidas tomadas al momento por parte del Ejecutivo Nacional, priorizando en realidad sus propios intereses económicos. Porque si hay algo que debe quedar claro, es que la alternativa que proponen es a costa de varias de esas mismas vidas trabajadoras cuyas problemáticas citan como justificación, y que desde tiempos inmemoriales hacen girar la rueda del mundo. Es una alternativa de muerte. No hay dicotomía economía vs. vida, o economía vs salud. No hay reconstrucción económica posible si no es transversal a una política del cuidado y de la vida. 

Silvia Bleichmar planteó alguna vez: “Lo humano está en el descubrimiento del otro como principio configurador de la ética, y como principal articulador de la subjetividad. Sólo en la preocupación por el otro encuentro la certeza de que seré auxiliado y puedo librarme del sentimiento de soledad al cual me condena la lucha por la supervivencia”. El cuidado no es posible de manera individual, sino colectiva. No se trata de sembrar un sentimiento de ‘culpa’, como se ha reprochado, sino de recuperar un sentido de responsabilidad social. 

Volviendo sobre la pregunta respecto a la Patria, a mí me gusta hablar de Matria. La Matria es el otre. El otre de ayer y de hoy. Es reparación histórica a quienes habitaron estos suelos antes que nosotres, y que persisten en la defensa de estas tierras. Es el mismo territorio concebido como vida a cuidar y a respetar. Es el afianzamiento de una Política del Cuidado y de la Vida, y la convicción de que toda vida es digna de ser vivida. Son también todas esas mujeres que formaron parte de las luchas independentistas sin que La Historia Oficial les cediera un renglón en sus libros escolares. Son nuestres conciudadanes afrodescendientes, a quienes se sigue extranjerizando y negando derechos. Son nuestres vecines villeros y en situación de calle, a quienes se abandonó brutalmente desde el comienzo de esta hecatombe, pero también desde antes. La Matria es justicia social en su máxima expresión. Y es nuestra única posibilidad para construir una alternativa digna. Un nuevo horizonte.

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