Recordar Mayo para seguir pensando en un futuro de revoluciones

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“No existe para mí una situación que resulte inaceptable políticamente per se. Pero sí creo en la convicción a la que un pueblo, entendido como comunidad social y política, puede llegar. Por eso está en todes les que creemos que esto no da para más el construir la bases para ese cambio que tanto necesitamos”.

Por Mario Bedosti

Imagen: “Nuevo planeta (Новая планета)!”, Konstantin Yuon. Rusia, 1921.

Se cumplen hoy 210 años desde aquel 25 de mayo de 1810 cuando se declaraba el principio del fin del dominio español de este lado del Atlántico. En aquel entonces, la coyuntura política europea dejaba en suelo americano un vacío de poder que reclamaba ser llenado. Fue entonces cuando les habitantes de estas tierras del Sur encontraban en sus manos las riendas de su destino, la posibilidad de construir un futuro propio. Como en aquella época, una circunstancia ajena nos coloca nuevamente en un momento límite de nuestra historia. La pregunta que se abre es si nuevamente estaremos a la altura de hacernos cargo como comunidad de imaginar una nueva utopía y de dar la lucha por llevarla a cabo. La moneda está en el aire, y depende sólo de nosotres que este momento histórico se direcciones hacia el mundo que queremos, pero más importante, que debemos construir.

Los días que corren están llenos de reflexiones y debates sobre el futuro. Quizás la incertidumbre que genera el coronavirus impulse a las mentes inquietas para imaginar a fuerza de ansiedad. O quizás sencillamente dispongamos de una cantidad inusitada de tiempo libre. De cualquier manera, es sin dudas un momento en el que como sociedad nos preguntamos qué es lo que pasará cuando todo esto finalmente termine. Les hay pesimistas, quienes anuncian que el statu quo permanecerá como si nada hubiera ocurrido. Les hay optimistas, que auguran la caída del sistema de explotación y opresión que hasta ayer era futuro inexorable. En el medio está la posibilidad de pensar que todo está por verse. Pero que de cambiar algo, no será por ningún desastre sanitario o capricho del destino. Si un cambio radical tendrá lugar, será una hazaña conseguida con la fuerza colectiva de un pueblo. O no será nada.

En esta instancia es donde me parece apropiado arrimar estas reflexiones en el aniversario de la revolución que comenzaría a parir a nuestro país. En ese entonces, la ocupación francesa de España eliminaba la legitimidad del Virrey Cisneros, dando paso a un vacío de poder que llevaría a la conformación del primer gobierno patrio. Mujeres y hombres de estas tierras tomaron así una oportunidad externa que se les presentaba. Tuvieron la inteligencia y la imaginación política de caracterizar aquel momento histórico como una bisagra que podía cambiarlo todo para siempre. Tuvieron el coraje de ser protagonistas colectivos de la historia, librándose de una vida política tutelada. Ese preciso acto de creación revolucionaria es el que quisiera rescatar en este día.

Ciento diez años después de ese mayo, la República Argentina es hoy una nación marcada por inmorales desigualdades e injusticias. La concentración de la riqueza en pocas manos, dato fáctico de nuestra historia, ha alcanzado luego de cuatro años de oprobio neoliberal niveles escandalosamente altos. El macrismo nos dejó rehenes de los caprichos y la voracidad de grupos económicos carroñeros que se alimentan del hambre y la muerte de nuestres compatriotas. Como si todo esto fuera poco, enfrentamos ahora la inclemencia de un atacante invisible que si bien no tiene la facultad de elegir a sus víctimas, amenaza a les sectores vulnerables de manera mucho más desesperante a causa de la desigualdad sistémica. En este contexto, queda en cada une, como parte de un colectivo, decidir si estamos o no frente a un momento bisagra. Frente a un momento donde las condiciones dadas resultan en una acumulación suficiente de hechos inaceptables moral y políticamente.

Quiero tomar entonces la frase célebre de Nietzsche que dice que “no existen fenómenos morales, sino sólo una interpretación moral de los fenómenos” para introducir el cambio del término moral, por el término político. No creo en leyes que predeterminen el curso de la historia. Creo aún menos en la inevitabilidad de los sucesos. No existe para mí una situación que resulte inaceptable políticamente per se. Pero sí creo en la convicción a la que un pueblo, entendido como comunidad social y política, puede llegar. Y por eso creo que está en todes les que creemos que esto no da para más el construir la bases para ese cambio que tanto necesitamos.

Un virus por sí sólo no puede destruir ningún sistema. No puede ser la punta de lanza para una revolución que no estemos listos y dispuestos a construir. Es entonces nuestra responsabilidad politizar esta pandemia, convirtiéndola efectivamente en el suceso que pueda quebrar el destino que hasta ayer nos presentaban como necesario. Si creemos en la frase de Susy Shock que establece que “no queremos ser más esta humanidad”, debemos tener el suficiente coraje e imaginación de pensar cuál es el rumbo que debemos encarar, y hacerlo presente. Tengamos entonces la inteligencia de construir nuestra revolución, sabiendo que la misma no dependerá de nada más que de la voluntad política de impulsarla. Rescatemos el impulso de aquelles revolucionaries de mayo que se atrevieron a tomar el destino con sus manos. Imaginemos el mundo que queremos, el que merecemos y necesitamos. Y atrevámonos a construirlo.

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