Nuestra Revolución

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“Si consideramos que las elites no se plantearon modificar el statu quo post revolución; que las condiciones para la conformación de una comunidad cívica no resultaron inmediatas; pero que, a su vez, surgió un nuevo actor político y se establecieron las bases para la posterior independencia, podríamos hablar de una revolución matizada, en contraposición a la idea que tenemos de revolución signada por la experiencia francesa.”

Por Natalia Magnético y Franco Cicerone

¿Qué entendemos por Revolución?, ¿qué fue la Revolución de Mayo?,¿quiénes fueron sus actores? Cuando hablamos de revolución pareciera que nos referimos a un cambio brusco, a una vuelta de página de alguna situación pre existente. Es decir, tomamos la imagen francesa, cubana, rusa de revolución, y todas aquellas experiencias caracterizadas por cambios en el statu quo. Sin embargo, pensar la Revolución de Mayo de 1810 supone matizar esta idea de revolución tal cual la conocemos. Para ilustrar la idea de revolución matizada, miraremos el rol que cumplieron dos de los actores involucrados: la plebe urbana y las élites criollas. A partir de esto, nos haremos dos preguntas. ¿Se modificó el tejido social?, ¿se produjo la inmediata fundación de una nueva comunidad política argentina, de una argentinidad explícita?

La llamada “plebe urbana” de Buenos Aires en 1810, incluye a trabajadoras y trabajadores heterogéneos en sus etnias y tareas pero con un punto en común: la situación subalterna en la sociedad, la pobreza y su imposibilidad de incidir en la decisión política.

Las invasiones inglesas de 1806 y 1807, por un lado, exaltaron la visión de la “patria” (referida a Buenos Aires por esos momentos) y, por otro lado, implicaron la entrada masiva de miembros de la plebe a las milicias voluntarias. Como señala Gabriel Di Meglio, historiador argentino, esto crea un canal de comunicación entre la elite local y este grupo heterogéneo denominado “plebe urbana”, por fuera de la administración colonial.

En esta línea y con acciones que intentaban acercar a la plebe urbana a la idea de mayo de 1810, las élites criollas lograron el apoyo de este heterogéneo grupo social. En este sentido, la plebe como parte de la política luego de 1810 forma parte de distintos modos de acción política. Uno de ellos se trata de su presencia en fiestas “de la revolución”, organizadas por la élite con la idea de construir un ideario común a través de la respuesta simbólica que significó incluir a la plebe urbana en aquellos eventos, consiguiendo la identificación popular con la Revolución. Por otro lado, nos encontramos con que la plebe urbana respondía al llamamiento del Cabildo (siendo el ayuntamiento una institución legítima para este grupo social luego de la caída del virreinato ya que planteaba acciones por “el bien común”), cuando los convocaba a movilización política. Finalmente y como ya hemos señalado, formaron parte sustancial de la milicia y de los llamados “motines autónomos”.

Con todo, la ocupación del espacio público y la participación de la plebe urbana en la posibilidad de la revolución de mayo y posterior a esta, ubica a estos actores en dos dimensiones. La primera responde a que éstos no han podido ocupar el lugar de toma de decisiones, reservado a las élites criollas. Por otro lado, la politización sembrada con la revolución y las posteriores guerras abarcó a toda la sociedad, y en esto, la plebe urbana se constituyó como un nuevo actor con poder de fuego. Si la intención de cooptación de las elites al realizar festividades sonaba con intenciones de persuasión, la participación de la plebe urbana en las milicias y en la resolución de conflictos internos las dotaron de poder que, si bien no se expresaba en los ámbitos institucionales, tenía peso político.

A su vez, el surgimiento de las elites criollas en la esfera de la política se fue dando paulatinamente. La riqueza y el prestigio en un mundo monárquico e imperial importan, y mucho. Ahora bien, enrejada la corona, se abrió la puerta para instaurar un régimen independiente, no atado económica ni políticamente a la metrópoli española. En este contexto, las élites se abren camino a nuevas formas de interacción política.

Con todo, para Leandro Losada, historiador argentino, la construcción de las élites rioplatenses y la idea de representación política se debió más a cuestiones ligadas a aspectos socioculturales que políticos. Es decir, la idea de construir una aristocracia a la europea, en donde la virtud y la sabiduría constituían los elementos centrales en la representación política, no fue necesaria. Para esta élite rioplatense, no hubo necesidad de aplicar una reforma política en los mecanismos de representación porque la disputa por el poder y el establecimiento de un status quo no se dio de forma vertical. Esto es, las protestas y movilizaciones sociales no se enfocaron en la competencia por el lugar que ocupaban las élites en el tejido social, y si lo hicieron, nunca pusieron en jaque a la elite gobernante. Es más, el principal problema de las elites eran las mismas élites; que, por ello, se sirvieron de la actuación plebeya para dirimir conflictos internos. Esta disputa política de índole horizontal, en una región rebelada contra el poder imperial español, tardó 6 años para formular la independencia, 43 años para darnos una constitución y 27 años más para concretar la unidad nacional.

En consecuencia, si consideramos que las elites no se plantearon modificar el statu quo post revolución; que las condiciones para la conformación de una comunidad cívica no resultaron inmediatas; pero que, a su vez, surgió un nuevo actor político y se establecieron las bases para la posterior independencia, podríamos hablar de una revolución matizada, en contraposición a la idea que tenemos de revolución signada por la experiencia francesa.

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