El espíritu de Mayo: una Revolución en las calles

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“El recuerdo entonces de las muchedumbres en la plaza nos continúa proporcionando la oportunidad de pensarnos en transe revolucionario, cómo legítima expresión popular de aprobación o descontento. Es parte de una gimnasia política que nos impulsa a las calles, cuando entendemos que es allí donde debemos definir el futuro de nuestro país”.

Por Juan Manuel Ciucci

El Pueblo en las calles. Esa figura aún persiste en nuestras mentes, quizás como el mayor de los recuerdos de lo que parece haber sido aquél 25 de mayo. “El Pueblo quiere saber de qué se trata”, nos decían los libros escolares, y nos brindaban a la idílica parejita de French y Beruti repartiendo escarapelas en la Plaza de la Victoria. La ruptura del orden colonial parecía deberse a esa inquietud, a ese rumor entre la plebe que por vez primera se inquietaba por lo que ocurría en los pasillos del poder. Esas masas en las calles podían dar vuelta el rumbo de los acontecimientos, torcer para siempre la historia.

Ése relato novelado que tantas veces oímos servía para legitimar aquella ruptura, aquella Revolución. Quizás sea lo que aún hoy repetimos cuando vemos a las masas en las calles, y comienzan las cuentas de cantidades para saber si efectivamente es legítimo su reclamo. Lo importante parece ser cuántes somos les asistentes: “La marcha del millón” ante una cantada derrota macrista quizás sea un buen ejemplo. Esa movilidad es la que permite recuperar opciones, la que impulsa nuevos rumbos, la que torna real una utopía. La facción jacobina agitaba y celebraba en aquél 1810 la ocupación de las calles, como sustento para profundizar los cambios que intentaban imponer. Su derrota dentro del proceso revolucionario fue también la de la movilización y la representatividad, que llevaría a triunviratos gobernantes y pequeños personeros de intereses foráneos que Rivadavia llevaría a su máxima expresión.

La valoración de las masas callejeras es recuperada en nuestro país como hecho fundante del principal movimiento político argentino: el peronismo. Desde aquél 17 de octubre en adelante, las calles han sido sinónimo de movilizaciones populares, tanto por lo festivo como por lo combativo. La idea del “cabildo abierto” se recuperó en 1952 explícitamente, pero es si se quiere el trasfondo permanente de las movilizaciones peronistas. Se renueva en cada una de ellas no solo el mito del movimiento, sino también la capacidad de conducción de quién sea que la convoque. Mientras los ámbitos gorilas harán cuentas de micros y choripanes, las huestes propias podrán saber si se es una minoría dentro del movimiento o si se logra ser la
mayoría que conduce. El 13 de abril de 2016 en Comodoro Py fue una nueva puesta en escena de todo esto: fue necesaria esa masa humana en la calle bajo la lluvia, para confirmar a propios y extraños que Cristina seguía siendo la Conductora del Movimiento. Ésa noción que manejábamos quienes así lo considerábamos, necesitaba sin embargo de una movilización para confirmarse.

Éste 25 se recuerda a su vez el aniversario del Bicentenario, que diez años atrás cambió el actual escenario político para siempre. Fue otra constatación, una muchedumbre que necesitaba reencontrarse, identificarse, asumirse. Un país que se vio las caras en las calles, que encontró en esa cercanía la confirmación de una voluntad transformadora que las pantallas parecían negar. Fue un choque con la realidad para miles de personas, que encontraron en la multitud un espacio desde el cuál poder pensarse, poder proyectarse, poder rebelarse. Desde ésa misma plaza, ahora llamada de Mayo en honor a aquella fecha fundante, se reconfiguraban las adhesiones confusas, los apoyos críticos, las necesidades diversas. Cuando apenas unos meses después, el fallecimiento de Néstor Kirchner volcara en esa plaza a otra multitud, los recuerdos aún vívidos de aquella jornada serían parte de la despedida. Los mismos que un 9 de diciembre del 2015 se harían presentes para despedir a Cristina, y que un 10 del mismo mes en 2019 reaparecieron transfigurados después de la pesadilla macrista en el poder. Evocaciones también de otro 25, en un ya lejano 2003, donde Néstor se hacía presente para convocarnos a un sueño que parecía imposible.

El recuerdo entonces de las muchedumbres en la plaza nos continúa proporcionando la oportunidad de pensarnos en transe revolucionario, como legítima expresión popular de aprobación o descontento. Es parte de una gimnasia política que nos impulsa a las calles, cuando entendemos que es allí donde debemos definir el futuro de nuestro país. La reforma previsional del macrismo nos encontró resistiéndola en Plaza Congreso, y podemos considerar como un punto de inflexión esa fuerte resistencia popular ante un gobierno que parecía dispuesto a llevarse todo por delante.

Éste Mayo y éste presente transcurre justamente en el encierro de nuestras casas, y la pandemia amenaza con quitarnos esa herramienta fundamental que son las movilizaciones para definir el curso de nuestra historia. Debemos ser pacientes mientras dure ésta distopía, y prepararnos para volver a pisar juntes las calles toda vez que quieran quitarnos un derecho, o
que estemos dispuestes a conquistarlo. Les patriotas de Mayo quizás sabían que su mayor legado sería confiar en esa fuerza popular para cambiar la historia. Cristina hace unos meses nomás lo diría ante otra plaza colmada, recuperando ésa apuesta: “Presidente, confíe siempre en su pueblo, ellos no traicionan, son los más leales, solo piden que los defiendan y que los representen, no se preocupe por las tapas de un diario, preocúpese por llegar al corazón de los argentinos y ellos siempre van a estar con usted”.

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