Coronavirus: escenas de la solidaridad en cuarentena

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Salir a la calle en estos días de pandemia es chocar con la extrañeza total de una ciudad casi vacía, que sin embargo permite efímeros momentos de solidaridad.  Y es también encontrarse con quienes nunca la abandonan: aquelles que encarnan ese extraño eufemismo llamado “situación de calle”

Por Juan Manuel Ciucci

I

Subirse al colectivo después de tantos días, con el temor a tocar, apoyarse, saludar, sentarse, pararse, agarrarse. Hacer equilibrio para dejarse caer en el asiento sin tocar ni un solo pasamanos, so pena de contagio inminente. Tomar el alcohol en gel y refregarse las manos, espantando al virus y lo que quiera meterse con nosotres. Y de pronto ver subir a alguien con total normalidad, une de tantes que no han dejado de circular esta ciudad vacía. Son quienes cumplen funciones esenciales, tan disímiles como la salud pública o una ferretería. Aquí también es sólo una cuestión de clase quedarse tranquilo en casa o verse expuesto a la circulación, el contacto, el posible contagio. Volver a circular es volver a lo social, o en este contexto, a su falta. Es extrañar más que antes salir, porque este afuera se parece mucho al adentro que nos encierra.

II

El oficial se acerca despacio, casi como anunciando su próxima intervención. Hace un rato que estamos en ronda cerca del Quijote de Av. De Mayo y 9 de Julio, les 5 que llegamos un rato antes de la hora estipulada. Estamos esperando que llegue la comida para emprender la recorrida. Saluda y nos explica que no podemos estar así reunidos. Le comentamos qué es lo que estamos haciendo, y se le muestra el permiso que traemos para ello. “Bueno pero igual este permiso indica que pueden circular, no es para quedarse así, tienen que circular”. Por un momento de este irreal presente no sabemos qué decirle, en nuestras mentes resonando el “circulen” cuasi dictatorial que esta omnipresencia policial nos recuerda. Cuando se vaya tan amable, luego de explicarle que ya viene la gente esperada y que nos iremos en breve, nos decimos lo pensado. Comprobamos una vez más lo distinto que nos trata la policía a los “clasemedia” al compararnos con las innumerables denuncias de violencia institucional que se han sucedido en los barrios populares desde que comenzó la cuarentena. Una compañera ya se imaginaba circulando en derredor del Quijote, no ya con pañuelos en la cabeza, sino con estos extraños barbijos que parecen haber llegado para inundar nuestra cotidianeidad. Circulen.          

III

La señora está sentada en el Metrobus de 9 de Julio, con toda su vida contenida en unas cuantas bolsas que la rodean. Está terminando un pequeño guiso de arroz que le acercó hace un momento un hombre en bicicleta, con quien luego charlaremos. Él sale por la suya, todas las noches, a ayudar. Con un canasto atrás, va cargando su olla, y repartiendo a quien puede su comida nocturna. La vemos y nuestro impulso es ofrecerle también este guiso, a fin de que pueda reforzar su cena. “No gracias, estoy bien”, nos dice. Ni un pan nos acepta, agradecida, más solidaria en su falta que muchos en esta ciudad que a esta hora se preparan para dormir, entre aburridos y satisfechos.

IV

La moto pasa y el motoquero saluda, y en un impulso para que notemos su aprobación, nos aplaude mientras se aleja rápidamente. Quizás sea alguno de los deliverys de locales o de aplicaciones cuasilegales que en esta cuarentena circundan la ciudad, llevando desde lo imprecindible a unos churros o chocolates que alguien pide cuando lo desea. A elles nadie les aplaude, aunque los veamos todo el tiempo en moto o bicicleta, casi sin ninguna medida de seguridad. Son les grandes invisibilizades de esta pandemia, que además por falta de sindicato no pueden siquiera reclamar por un trato más justo ante sus “empleadores”.

V

“Los vi repartiendo comida”, nos dice, y se nos pone a charlar. “Yo trabajo en un hotel de por acá y ayer tiré un montón de comida”. La frase suena tan irreal como esta ciudad, este país, esta humanidad en cuarentena. Su frase arrastra una culpa profunda, de quien ve el hambre todos los días, y debe respetar los mandatos de este sistema/mercado que entiende todo en términos de mercancías. “Yo no debería hacer esto, pero si les parece les aviso, y si sé que la vienen a buscar, se las preparo como para que se la lleven”, propone. Así, de pronto, en medio de una calle vacía y con peligros de contagio y propuestas de encierro, comienza a construirse un lazo de solidaridad. De esa que falta ampliar, impulsar, imponer. Si en nuestras casas veíamos en la pantalla su falta, en las calles no hace más que ser absolutamente palpable que lo que nos falta reforzar son las redes solidarias que nos permitan salir de esta pandemia. Evitando el contagio, sí, pero también combatiendo la individualización que éste virus acarrea.

VI

“Allá tienen dos, allá se juntan tres, acá a la vuelta uno duerme junto al puesto de diario, y en la plaza de allá hay como seis”. Elles mismes nos van armando un mapa de quienes pasan sus noches en las calles. Se conocen, se ayudan, se asisten. Cuando nos quedamos sin más comida que dos platos para tres, se organizan para compartirse. Todes agradecen, charlan, sonríen. Se sorprenden pero a la vez hay una espera permanente, una gimnasia de la solidaridad que durante todo el año les asiste, en forma de ongs, iglesias varias o militancias sociales. En estos últimos años han caído a la calle muches, expulsades por quienes venían con el cuento de la pobreza cero. Impacta ver a laburantes así, a mujeres así, a la niñez así. La idea que uno arrastra choca con la realidad que no para de sorprender. Falta tanto más, de lo mucho que podríamos. Elles, desde el autocuidado, van supliendo la demora del derecho que siempre les tarda en llegar.

VII

Ella está dormida, sobre una montaña de colchones frente a Plaza de Mayo. Tiene en la mano un libro, y con un dedo entre sus páginas señala el punto al que ha llegado con su última lectura. Él está sentado en una vereda de Almagro, apretado a todas las bolsas que contienen su vida, leyendo con mucho interés una revista antigua. Ella nos cuenta que estaba descansando la vista, guardada en su pequeña casita de restos de lo que fue una carpa en pleno San Telmo. “Es que leo con mala luz”, nos dice. El hábito de la lectura se expande en estas calles vacías, quizás como un entretenimiento que no necesita ni enchufes ni energías. O tal vez como un refugio ante el sinsentido de habitar la calle, una guarida para la razón que a veces parece querer escaparse ante la espera eterna del día a día, esa que habita el eufemismo que nombramos como “situación de calle”.              

VIII

Nos vemos con barbijos, guantes, recorriendo la soledad de estas calles nocturnas. A todes nos asalta el recuerdo del Eternauta, y una invasión que nos ha dejado encerrados, perseguides, separadas. Los límites entre la ficción y la realidad van crujiendo ante nuestros pasos, que se muestran dudosos por el temor al contagio escondido detrás de cada hoja, cada papel, cada bolsita que arrastra el viento. No tocar, no tocarse, sudar estos guantes y este barbijo que al rato se nos hace inmundo, húmedo, insoportable. Querer salir ya de este mal sueño colectivo, querer abrazar al amigue que hacía días no veíamos y que sin embargo nos mira de lejos, también a nosotres, por temor a romper nuestras cuarentenas. Una vez más, comprobar que no pueden ser solamente las fuerzas de seguridad las que patrullen las calles, sino que debemos ocuparlas nosotres, solidariamente. Con cuidado y enmarcados en una acción que nos englobe, pero que permita un trato que exceda el simple accionar del que prohíbe la circulación. Aún queda mucho de esta cuarentena, como para ir construyendo desde las bases las acciones que nos permitan defendernos de esta pandemia, pero protegiendo nuestros lazos, nuestros modos, nuestros abrazos. Para que el reencuentro en las calles cuando todo sea un mal recuerdo, sea tan sólo tras el sacrificio de un tiempo no compartido, y no de la perdida de lo que esencialmente nos ha mantenido por tanto tiempo unides.                

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