Plan Táctico y Estratégico de la Deuda: la tensión pragmatismo-ideología en la política internacional albertista

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La visita de Alberto Fernández a Jerusalén con motivo del Día Internacional de Conmemoración del Holocausto despertó una polémica en torno a los límites del pragmatismo: aplaudida como una jugada maestra por unes, fue acusada de claudicación de una reivindicación histórica por otres. La elección de Israel como primer viaje internacional del mandatario argentino es sin dudas un hecho que posee una multiplicidad de lecturas posibles, y por lo tanto, digna de ser analizada. ¿Qué rédito puede obtener la Argentina con este gesto? ¿Cuál es el margen de acción de un presidente rodeado en una región con gobiernos conservadores y una deuda imposible con el FMI? ¿Cuáles son las implicancias de congraciarse con un Estado que viola sistemáticamente los derechos humanos del pueblo palestino? La jugada de Fernández descoloca a la derecha global e incomoda a la izquierda que levanta la bandera por una Palestina libre de ocupación israelita. Cercado por todos los flancos, el gobierno ensaya una nueva política internacional “a la argentina”.

Por Mario Bedosti

Alberto Fernández participó la semana pasada de la conmemoración del 75º aniversario de la liberación de Auschwitz en Jerusalén. Durante su viaje, tuvo reuniones con el presidente de Israel, Reuven Rivlin, y el primer ministro Benjamin Netanyahu. Esta decisión representa un quiebre con los destinos elegidos por les anteriores presidentes argentines desde la recuperación democrática. Mauricio Macri, Cristina Fernández, Néstor Kirchner, Eduardo Duhalde y Carlos Menem eligieron países latinoamericanos como sus respectivas primeras salidas al exterior. Por su parte, Fernando De La Rúa y Ricardo Alfonsín visitaron países europeos. Cabe entonces interrogarse sobre las motivaciones geopolíticas de la decisión de viajar a Israel, el mensaje que envía al mundo, a nuestra región y a la política argentina. Y, como nada es gratuito, también es necesario interrogarse sobre las consecuencias de la jugada albertista.

La vía del pragmatismo de cara a la inviabilidad de la deuda y la hostilidad ideológica

En términos de estrategia política, observamos rápidamente dos intenciones claras. Por un lado, Israel es uno de los aliados más estrechos de los Estados Unidos. Si tomamos como un paréntesis las tensiones entre ambos países durante la presidencia de Barack Obama, es difícil hallar otros dos aliados más comprometidos entre sí. Es por esto que congraciarse con Netanyahu no puede dejar de verse como un fuerte mensaje para Donald Trump. Fernández tiene la necesidad imperiosa de mantener la relación más cordial posible con el gobierno estadounidense: los millones de dólares adeudados al FMI son una razón más que suficiente. El gobierno argentino se encuentra en negociaciones con el organismo internacional para poder reperfilar los pagos de la deuda por, al menos, los próximos dos años. Si no lo logra, la capacidad de hacer política pública se verá severamente limitada. En este contexto, la cooperación de Trump es fundamental: si bien el FMI es una organización compuesta por 184 países miembros, el apoyo de Estados Unidos es la llave que destraba cualquier decisión. Y Alberto Fernández comprende esto con claridad. Más aún cuando la relación argentino-norteamericana no atraviesa su mejor momento: la derrota del macrismo, el asilo político a Evo Morales y el retiro de credenciales a la representante diplomática de Juan Guaidó no dejaron nada satisfecha a la administración Trump. El gesto de visitar Israel es un claro mensaje de conciliación por parte del gobierno nacional, en busca de una devolución de gentilezas en la mesa de negociaciones del FMI.

La otra motivación estratégica de Fernández tiene una doble dimensión, internacional y doméstica. Asistir a Israel en su primera salida apunta a despejar las supuestas tensiones con ese país a raíz del affaire del Memorándum con Irán, agitado desde hace años por la prensa vernácula como una aparente estrategia para garantizar la impunidad en el caso AMIA. Desde el fallecimiento del fiscal Alberto Nisman la derecha argentina, con la complicidad de las grandes usinas mediáticas, ha promovido la versión de que la actual vicepresidenta Cristina Fernández impulsó la firma del Memorándum con la nación persa como corolario de un pacto secreto que asegurara la no resolución de la voladura de la AMIA y la Embajada de Israel. Todas estas elucubraciones, que no carecen de espectacularidad aunque sí de pruebas concretas, son las que Fernández también busca eliminar. El presidente, además, enmarcó argumentativamente su visita en la mejor tradición argentina de respeto y lucha por las políticas de derechos humanos, quizás uno de los mayores emblemas de nuestro país de cara al mundo. Sin embargo, aparece aquí la cuestión palestina, que viene a incomodar y complicar la lectura albertista de un supuesto viaje en pos de “la paz y la concordia mundial”. 

En suma, las dos motivaciones que acabamos de describir, han servido para que Fernández obtenga loas en el altar de la visión estratégica y el pragmatismo en el complejo mundo de la política internacional. Si dejamos por un momento el marco interpretativo del realismo político y entramos en el terreno de los derechos humanos, veremos que esta interpretación tan benevolente podría no ser tal.

La necesidad de la coherencia ideológica como política de Estado

El 6 de diciembre de 2010, a través de un comunicado de prensa de Cancillería, la entonces presidenta Cristina Fernández expresaba oficialmente la decisión de nuestro país de reconocer a Palestina como un estado “libre e independiente dentro de las fronteras existentes en 1967 y de acuerdo a lo que las partes determinen en el transcurso del proceso de negociación”. De este modo, Argentina se unía al honroso grupo de países que alza su voz a favor del derecho de les palestines de vivir en paz y sin hostigamientos de ningún tipo. La defensa de la “solución de los dos estados”  pasaba así a ser parte de la política de Estado. En el mismo comunicado, nuestro país de pronunciaba en contra de “en contra del terrorismo y del uso desproporcionado de la fuerza, así como ha declarado su firme oposición a la política de asentamientos en los territorios ocupados llevados a cabo por las autoridades de Israel”. Diez años después, un presidente del mismo signo político visita Jerusalén y no pueden dejar de consignarse algunas contradicciones. 

Sin lugar a dudas, la motivación oficial de asistir a la conmemoración de la liberación de Auschwitz resulta loable. La lucha contra el antisemitismo es también (y debe seguir siendo) política de Estado. Sin embargo, la escasa alusión al conflicto palestino-israelí, la ocupación y la sistemática violación de los derechos humanos que lleva a cabo el gobierno de Israel no pueden ser pasados por alto. Si bien Fernández hizo una breve mención a la necesidad de una “convivencia pacífica” entre Palestina e Israel en uno de sus posteos oficiales en redes sociales, frente a la gravedad de las acciones del estado de Israel esto no resulta más que insuficiente. El presidente habla en su publicación sobre la “necesidad de vivir en paz” entre países vecinos. No obstante, nada dice sobre los atropellos y los crímenes israelíes cometidos contra el pueblo palestino, ni del apartheid al que es sometido. Por regla general de coherencia, si se defiende la paz y los derechos humanos, estos deben ser para todes. Una verdadera y coherente política que busque la resolución del conflicto entre Israel y Palestina no puede agotarse en declaraciones políticamente correctas pero efectivamente inconducentes. Mientras el concierto internacional siga produciendo mensajes grandilocuentes al tiempo que mira en dirección opuesta a la ocupación de los territorios palestinos que Israel sostiene y profundiza, la situación no podrá dejar de catalogarse como de lisa y llana complicidad. Es precisamente en este punto, donde donde entran en compleja tensión el pragmatismo y la ideología. Y es esta tensión la que atravesará la política exterior argentina en los próximos años.

Pragmatismo e ideología: ¿un equilibrio imposible?      

Los escasos días del gobierno del Frente de Todes resultan insuficientes para poder delinear con precisión las directrices que guiarán la política internacional del gobierno. Sin embargo, las primeras acciones en este terreno nos permiten vislumbrar algunas orientaciones. Apenas llegado a la Casa Rosada, Fernández otorgó asilo político a Evo Morales, presidente constitucional del Estado Plurinacional de Bolivia, derrocado el año pasado por un golpe cívico-militar-religioso. Esta decisión despertó el rechazo de los Estados Unidos y de Brasil, que raudamente habían reconocido el mandato de la presidenta de facto Jeanine Añez. De hecho, este no es el primer roce con el gobierno brasileño: la incondicional denuncia del carácter ilegítimo de la detención de Lula Da Silva valió a Alberto Fernández de la ira de Bolsonaro, al punto de que este estuvo a punto de dejar a Brasil sin representación en la asunción del nuevo presidente argentino. 

La situación regional es extremadamente compleja para un gobierno progresista. Con la excepción de Venezuela, el signo político de todos los países de la América del Sur es de inocultable derecha. Además, con relación al país caribeño, Fernández ha declarado en reiteradas oportunidades que considera al gobierno de Maduro como uno de tipo autoritario. Marca así su alejamiento del eje bolivariano. Esta postura, sin embargo, busca el posicionamiento de Argentina en una dirección disidente a la de los gobiernos conservadores: sin dejar de marcar las graves falencias en términos de democracia institucional, Alberto se rehúsa a catalogar a la administración venezolana como “dictadura”, algo que le vale la antipatía de más de un socio regional. En el mismo sentido, Fernández reitera la necesidad de revalorizar la CELAC, al tiempo que anuncia que no sacará a Argentina del Grupo de Lima. Entiende así la importancia clave de sostener las mejores relaciones posibles, con los vecinos más “antipáticos” para el pensamiento progresista. Para encontrar posibles alianzas ideológicas, Alberto necesita alejarse hasta México, o incluso España. La revalidación de Pedro Sánchez en las urnas españolas y la primera presidencia mexicana por fuera del PRI o del PAN son sin lugar a dudas buenas noticias, pero de momento no pasan del ámbito de la expectativa. Una victoria de la fórmula Arce-Choquehuanca el próximo mayo en Bolivia podría traer más alivio al presidente argentino. De momento, sin embargo, se trata de convivir en una región incómoda para la izquierda latinoamericana.

En este contexto adverso, Fernández ensaya una política internacional donde la ideología pueda armonizar con un pragmatismo de supervivencia. Se trata de desmarcarse de la sumisión pornográfica a Estados Unidos que ejecutó el macrismo, al tiempo que se sostiene una acartonada cordialidad con Trump, vital para poder reordenar la deuda imposible que constituye la verdadera pesada herencia cambiemita. La visita a Jerusalén va en esa dirección. Se trata de sostener los principios de integración regional que se sostienen como una de los mejores legados de los primeros mandatos kirchneristas, mientras se consigue no deteriorar la relación con Brasil, que amenaza con hacer crujir al MERCOSUR hasta quebrarlo. La designación de Daniel Scioli al frente de la embajada argentina en el país vecino responde a ese mandato. Se trata, en resumidas cuentas, de manejarse con precisión quirúrgica para preservar y promover relaciones estrechas con los países hermanos, y estratégicas con las potencias, en un difícil juego de concesiones y reivindicación de posturas soberanas.  En este juego, en consecuencia, no pueden ni deben dejarse de lado la estrategia ni la ideología. Parafraseando a Immanuel Kant, podemos decir que el pragmatismo sin ideología es vacío, pero la ideología sin pragmatismo es ciega. Los próximo años revelarán si Fernández es capaz de lograr este equilibrio del “centro como táctica”. Los riesgos están a la vista: en un mundo hostil, sostener posturas inflexibles ideológicamente hablando puede conducir al aislamiento; conceder demasiado en pos de no entran en conflicto con les demás actores puede terminar en otra peligrosa y decepcionante claudicación.

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