Les excluídes e invisibles

Feminismos Gestión publica

Por Luis Vergara

Es tiempo de comenzar por los últimos”. La alusión, en el marco de un discurso presidencial, a los sectores que históricamente fueron postergados les quita el velo de invisibilidad que gran parte de la sociedad le ha puesto. Lejos de usar frases gastadas y artificiales, la identificación a esta población relegada es concomitante con, por ejemplo, la heterogeneidad de ministerios. Estos tienen la tarea de ser la cuna de políticas públicas que mejoren la situación de los que peor la pasan. La proliferación y resurgimiento (no olvidar la quita de rango ministerial para áreas como salud y cultura) de administraciones abogadas a temáticas específicas, implica comprender que hay millones que sufren carencias.  Deudas sociales arrastradas, olvidadas y mimetizadas para el/la “ciudadane común”, vuelven al presente tras cuatro años de un direccionamiento gubernamental que las profundizo y expandió a más sectores de la comunidad.

Les invisibles se materializan en generaciones que no pueden acceder a la vivienda propia, que son desplazadas de territorios determinados por las complicaciones actuales del sistema de inquilinaje. Las y les excluides forman un conglomerado de individuos por fuera de un sistema que no los necesita, ni los prefiere. El énfasis en la perspectiva de género y diversidades vuelve a demostrar la necesidad de transversalidad en las soluciones. El por qué es sencillo: la falta de pluralidad en las respuestas continúa generando invisibles.

La pobreza estructural cumple diversas funciones. Desde identificar a une otre con una carga genética, cultural, social y económica distinta al incluido, hasta maquillar discursos y políticas que luchan contra ella. Pobreza Cero como slogan marketinero de una administración comandada por CEOs empresariales ejemplifica esta situación. La fachada de binomios que aluden a valores que son compartidos por el común (como la eliminación de la pobreza), no deben ser utilizados como carnada en contextos electorales. El desprecio al pobre/la pobre, al negro/la negra, a la mujer, al diverse se ve en las políticas públicas. Los ejemplos que nos deja la administración saliente sobran. Tanto el reconocimiento de las singularidades, que se ve en el armado ministerial, como el momento de abrazar a les discriminades y levantar las banderas del feminismo, nos colocan en un momento de ver a le otre. La solidaridad para les que (siempre) menos tuvieron debe ser el lugar en común que nos encuentre juntes trabajando. La felicidad en el retorno de un gobierno popular debe consolidarnos en la labor de sacar del barro al que está más hundido. La emergencia social puede confluir en la alegría de volver a tener las herramientas institucionales para hacerle frente. Defender un modelo de país debe ser el compromiso de ciudadanos que aún estamos dentro de determinados círculos de privilegio. Ya comprobamos los desastres que generan mecanismo de desprecio y odio articulados desde la gestión estatal.

La mala alimentación, la exclusión educativa, la falta de acceso libre y diverso a la salud, la nula ampliación de la visión sobre “seguridad” y el dogmatismo cultural representan ejes principales y primordiales a tener en cuenta en la nueva etapa. Y deben ser les últimes, les excluides y les invisibles quienes gocen primero de esos beneficios. La construcción de un futuro debe colocarlos como protagonista en la construcción de sus (y nuestras) soluciones.

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